La periégesis (περιήγησις), cuyo significado remite al conducir y explicar, representa un problemático género literario de contornos imprecisos. Si bien contó con antecesores, sobre los que se dispone de una información bien limitada que incluso no alcanza a definir sin reserva el propio género (Ch. Frateantonio 2009), el tiempo llegó a erigir a Pausanias en representante por excelencia de esta modalidad literaria genuinamente griega, cuyo canon incluso tardíamente el propio autor habría innovado o bien regularizado de modo concluyente.
Frente a textos anteriores emparentados pero fragmentarios y cualitativamente insuficientes, el hecho es que la Ἑλλάδος περιήγησις (que posiblemente no fue el título originario de la obra y obedezca a la tradición manuscrita), la Descripción en torno a Grecia, representa el único escrito de estas características llegado hasta el presente y muy probablemente en toda su extensión. En tanto que deslinde de género pudiera pensarse que Pausanias fuera a la literatura antigua de viajes lo que Plutarco a la biografía. Pero en el campo del bíos el de Queronea partió de una tradición mucho más consistente, con un alto grado de fijación del formato literario.
Sin negar parentesco con otras modalidades, como el periplo, la miscelánea, la varia historia, la biografía, la desdibujada tradición periegética e incluso con el divagar propio del ensayo (aunque la opacidad de autor la distancie de este último género) la extrema hibridación de la obra de Pausanias, caracterizada por la variedad de aproximaciones, la densidad informativa en múltiples campos (cuando no por la saturación, por a hiperinterpretación), así como por el permanente cambio de registro - tan pronto continuidad como disrupción narratológica -, se resiste a la adscripción dentro de una modalidad literaria específica más allá del tan variable y multiforme relato de viajes. Este último puede obedecer a múltiples actitudes y propósitos, no necesariamente excluyentes entre sí: el viaje y la expedición con fines verificadores y documentales, el viaje añorante del destierro o del retorno, el viaje hagiográfico, el viaje imaginario. Incluso la ensoñación ambivalente del viaje, reacia a la confrontación con el lugar de destino.
De todos modos, en tiempos de una radical fluidez e incluso disolución de fronteras normativas entre géneros, hoy el debate taxonómico sobre la Periégesis no se contempla tan relevante ni tan central como llegó a serlo antaño. Bajo esta óptica lo que la caracteriza es precisamente la absorción de distintos géneros, que en el ámbito de la Segunda Sofística tampoco representa una particularidad del autor. Sin embargo la escritura de Pausanias se singulariza en las variables modalidades de asimilación e imbricación de materiales vertebrados por el espacio, no a través del orden o la secuencia temporal, lo que representa un modo peculiar de enfoque metodológico.
Elaboró la obra en época Antonina. Durante el reinado de Marco Aurelio y muy probablemente hasta 180 d. C. trabajó en el extenso escrito, asequible y en principio accesible a una élite griega (10.17.13). Sin excluir potenciales lectores romanos filohelenos: con ser primordial la intención identitaria con que escruta el territorio que describe (Pletzler 2018), el texto no posee un interés o un potencial de uso exclusivamente local. En todo caso, Pausanias se dirige a una audiencia o “comunidad interpretativa” de helenófonos, a una franja social restringida de pepaideumenoi interesados en ahondar (no tanto en iniciarse) en el conocimiento y la situación de la acreditada Grecia histórica, tanto en el plano religioso como en el político y cultural.
En este último aspecto, el autor se inscribe en el rememorar el pasado griego tan puesto en valor durante la filohelena dinastía antonina, si bien con una intensidad que se diría decreciente en el transcurso de la misma. Interés casi abrumador en época de Adriano, segundo mandatario de de la dinastía, que el texto presenta como benefactor por excelencia de Grecia y muy en particular de Atenas: los érga adrianeos en la ciudad - no los pericleos- culminan el Libro I. La profusissima largitio del emperador hispano y su intervención directa en asuntos helenos suponía el gran cumplimiento de una arraigada estrategia romana: mostrar φιλανθρωπία, afabilidad y generosidad hacia los griegos en busca de concordia asimétrica entre dominadores y dominados. En la Periégesis, el único pendant de Adriano en tanto que benefactor, sería el rétor ateniense Herodes Ático, contemporáneo de Pausanias y uno de los personajes más prominentes y acaudalados de su tiempo, hombre de estado, gran promotor cívico y educador de toda una generación de sofistas.
Para la élite grecorromana, la paideia (que alegóricamente tutorada por las Nueve Musas integraba un amplio espectro saberes, aunque no necesariamente exhaustivos o especializados) comunicaba distinción y era un modo de reconocimiento entre iguales. Entre los sofistas, muchos de ellos tan unidos a la declamación y al panegírico urbano, entrañaba un medio muy competitivo de proyección y promoción social mediante el cual procuraban alcanzar la mayor acreditación pública y el beneplácito de la administración imperial (Ch. Fron 2021).
Mas con relación al marco general de una actividad literaria ramificada e interconectada, con sus correspondientes expectativas sociales, dependencias y reciprocidades, Pausanias se erige en singularidad dentro de la literatura antonina. Conscientemente procura mostrase al margen de la concurrencia, omite cualquier red relacional de vínculos socioculturales y elude cualquier posicionamiento coparticipativo: carece de campo sociológico. Distanciado del poder y de la retórica del elogio, se presenta autosuficiente, independiente de la actuación pública, del encargo oficial y de cualquier patrocinio, que seguramente tampoco requería. También refractario al reconocimiento personal hacia alguna amistad o personaje influyente cercano. La Periégesis carece de dedicatoria - texto liminar a menudo tan esclarecedor - o al menos así se ha transmitido.
La obra no parece haber gozado de difusión ni mucho menos de notoriedad, a diferencia del renombre que alcanzó la producción de otros prosistas de la Segunda Sofística como Dion de Prusa, el polifacético Plutarco de Queronea o el influyente rétor Elio Aristides (este último, estricto contemporáneo del viajero). Fuera por desatención, limitada accesibilidad al escrito o incluso desconocimiento de la propia existencia de la obra (aunque seguramente más ignorada que desconocida), Pausanias en tanto que autor no posee mención alguna hasta la Antigüedad tardía. Lo que no excluye el uso anónimo, sin citar autoría, al menos durante la dinastía Severa y por parte de autores ecfrásticos.
Las primera menciones conocidas, no conciernen a esta última faceta. Pausanias y su obra aparecen citados por el lexicógrafo Esteban de Bizancio ya en época paleobizantina (durante el reinado de Justiniano I) como una de las múltiples fuentes utilizadas en la Εθνικά, un extenso diccionario toponímico y etnográfico. La interpretación del grammatikós, que se refiere a Pausanias como περιηγὴσεως Ἑλλάδος, representó todo un sesgo en tanto que reconocimiento del viajero como periegeta y del carácter periegético del texto (S.P. Vyskubov 2016). Cabe suponer la existencia de un manuscrito de la Periégesis en la Biblioteca Imperial de Constantinopla al menos desde época justinianea. Sin embargo, independientemente de las coincidencias, como la selección, la renuncia a abarcar el todo o la tendencia a la enumeración sucesiva de monumentos a modo de inventario (J. Elsner 2007), la obra de Pausanias no parece haber ejercido impacto en el encomiástico Περὶ Κτισμάτων de Procopio de Cesarea.
Extraordinariamente exhaustiva, si bien de una exhaustividad muy diferencial, la Periégesis (que en realidad representa una suerte de Hèlleniká), supuso una muy larga y reflexiva elaboración que incluso pudo prolongarse durante más de veinte años (Ch Habicht 1985), entre tiempo de viajes y tiempo de escritura. La obra se estructura en diez Libros, o al menos así ha llegado al presente, seguramente redactados conforme al orden numérico regional transmitido.
Con pleno valor de panhelénico epicentro textual, la olímpica Élide se configura en un díptico (Libros V y VI) sin ruptura de continuidad y enlazado por la descripción del nuclear santuario de Zeus en el Altis. No fue la amplitud lo que determinó la bipartición. Si en origen la descripción de Élide hubiera abarcado un solo libro, habrían sumado un total de nueve, como los que integran la Historia de Heródoto y en correspondencia simbólica con las Nueve Musas. De otra parte, la Periégesis carece de paratexto, tanto de proemio (tan a menudo programático y validador) como de epílogo conclusivo (tal vez no así de secuencia de cierre).
El propio arranque del Libro I, que se singulariza con relación al resto por la inmediatez descriptiva , es bien directo y con llamativo viso de periplo (J. Akujärvi 2012). Sitúa a Pausanias en posición de viajero en pleno desplazamiento marítimo. Se inicia en una aproximación a la costa continental de Grecia procedente del este, al extremo meridional del Ática (el promontorio de Cabo Sunión, avanzada territorial) cuyo trayecto se prolonga luego hacia el norte, hasta alcanzar el Pireo ya sin la menor observación costera del occidente del Ática que no obstante retoma mucho más adelante a propósito de los "pequeños demos" del territorio y desde tierra firme.
Un comienzo con valor de preludio que divisa un paisaje híbrido, con la hibridez o mixtura característica del paisaje litoral donde se fusionan distintas realidades y percepciones visuales: natural, portuario, pero también sagrado (el texto consigna el templo de Atenea Súnia, en la prominencia del cabo, que quizá estratégicamente relega al de Posidón) e histórico (a propósito de la pequeña isla despoblada de Patroclo, muy cercana al promontorio). Incluso se alude también a lo que fuera un paisaje productivo eclipsado por el tiempo al mencionar Laurión, cuyo nombre designaba la zona de minas de plata que los atenienses habían poseído en el Ática, alguna cercana al propio cabo.
La circunnavegación en torno a Sunión crea un gran efecto de panorámica en movimiento, contemplada desde a bordo y que sin duda anticipa varios aspectos descriptivos de la Periégesis. Mas se trata de una obertura sin la menor consideración preliminar aclaratoria del conjunto y ajena al preámbulo entre mitohistórico e histórico que caracteriza casi todos los demás Libros (la segunda excepción la representa el VI, directa prolongación descriptiva del V). Preámbulo en ocasiones tan abrumadoramente extenso (e intrincado) que llega a erige en dominante (llamativamente en Libro IV, dedicado a Mesenia) y desborda con mucho la propia noción de prefacio, de texto preliminar.
En cuanto al término del recorrido (Libro X) donde lo narrativo desplaza por completo a lo descriptivo, se relata un prodigio, la curación milagrosa de Falisio, un hombre casi ciego, en un arruinado Asclepeion (theórema que genera el lógos) situado en las afueras de Naupacto (10.38.13). Como en origen el mismo Asclepeion de Pérgamo, se trataba de una fundación individual (no pública) debida al propio enfermo en agradecimiento al dios sanador. El relato puede interpretarse como interrupción o inconclusión, pero también como calculado cierre mediante una puesta en abismo referido al todo textual. No parece un brusco o arbitrario final para un largo itinerario pautado por lugares solitarios, enigmas, prodigios e intervenciones divinas que, por demás, recorre y relata un autor particularmente interesado en el rito, el mito, los santuarios y las imágenes del dios sanador por excelencia (comenzando por el témenos de Epidauro, donde Pausanias leyó varias iamata, estelas con largas inscripciones de curación). De otra parte Asclepio constituye una divinidad muy presente en la escritura de la Segunda Sofística. Y precisamente el siglo II d.C. se erige en tiempo de apogeo del culto sanador en el mundo grecorromano, con una representación bien relevante tanto en la Jonia Asiática como en la Grecia peninsular e insular y que en el ámbito monumental se diría espectacular.
No hay camino que no tenga su fin. Y en la división entre el Golfo de Corinto y el de Patras Pausanias se detiene, cesa el recorrido sin completar por entero la descripción de la Lócride Ozolia. Pero el final no queda propiamente en suspenso, posee cierto valor de desenlace entre novelesco y teatral: la desmedida recompensa que Falisio por voluntad del dios entrega a la poetisa Ánite de Tegea (s. III a. C.) de quien Asclepio se sirvió como mediadora: la epifanía del dios se halla ausente, reemplazada por la visita de Ánite, incluso incubadora del prodigio (Nörenberg 1973). Un prodigio unido a la visión, al sueño, a la escritura y a la lectura que concluye con una gratificación que se diría alegóricamente alusiva a las expectativas de reconocimiento por parte de la audiencia como retribución al vasto trabajo de Pausanias. En torno a la correspondencia y a la reciprocidad gira todo el pasaje. Seguramente se trate de un modo sutil de interpelación al lector sin salir del marco ficcional y que bien pudiera valorarse como secuencia de cierre.
De forma intencionada, la elección de la de otra parte bien célebre poetisa arcadia debió obedecer al significado del propio nombre: Ánite deriva del verbo ἀνύτω que posee las acepciones de finalizar, completar y obtener rédito . Tal vez el viajero se distancie conscientemente del modelo por excelencia: el alegorismo de clausura se muestra ajeno por completo al solemne lógos persa que cierra la Historia de Heródoto (Hdt. 9. 108-122) que si bien con referencias al todo, tampoco puede calificarse de epílogo pero que se inscribe en un contexto de castigo a la ὕβρις y como colofón disuasorio. Si bien retrospectiva, la sentencia final de Ciro el Grande contrasta llamativamente con la remuneración crematística que cierra la Periégesis. La recompensa bien pudiera apelar al intercambio de dones, a la reciprocidad con el lector. Y tal vez no sólo en tanto que expectación de benevolentia, entendida como gratitud y validación cultural. Es muy posible la coexistencia entre esta última y las expectativas de gratificación del propio de autor, merecedor como Ánite de ser correspondido con largueza. ¿Por qué el sensato Pausanias habría de moverse en el terreno del interés absolutamente desinteresado, cuya existencia es incluso difícil de concebir? De otra parte, cabe recordar que las expectativas de gratificación de autor en términos de reciprocidad hallan su marco natural en dedicatorias y cierres.
Tras la narración retrospectiva del portento, el viajero renuncia a la descripción de otros territorios de la Grecia peninsular que le eran conocidos pero que seguramente consideraba menos griegos o si se prefiere menos representativos de la helenicidad. Y como la narración histórica del de Halicarnaso, el relato escrito del viaje queda abierto, bien podría ser proseguido, prolongado por otros autores.
La obra se concibió en términos de proyecto unitario y conjunto: como antes había procedido el histórico Tucídides, Pausanias la denomina syngraphé, testimonio escrito en prosa que tiende a abarcar un todo (como en el registro de un proyecto de construcción, a veces designado en las inscripciones oficiales con el mismo término) y que entraña también un contrato, un acuerdo implícito de validez entre el autor y el lector relativo al contenido de la escritura (gráphein), como acontece en una syngraphé inscrita.
Ya avanzado el primer Libro, anuncia el propósito de describir todo sobre Grecia, todos los aspectos del mundo griego: pánta tá Ellèniká. Y de una manera homogénea y similar (ὁμοίως). De modo equitativo: por igual (1.26.4), lo que no quiere decir que excluyera la variación: Pausanias elude la monotonía compositiva. Pero también señala en éste y otros Libros que no pretende alcanzar la absoluta exhaustividad (clara renuncia al proyecto utópico), sino ofrecer una selección de lo que a juicio del autor representaba lo más destacable (ἀξῐολογώτᾰτος), lo más digno de mención, de memoria y de ser visto (1.39.9, 3.11.1, 8.54.7) y que para Pausanias se concentra mucho más en los núcleos urbanos y santuarios panhelénicos que visita - grandes centros de enunciación-, que en los territorios que recorre: en realidad las rutas son transitorias entre lugares de relieve y transitoria su descripción.
Se trata de una redacción geográficamente definida y organizada conforme a un principio de επίλεξις, de selección y verificación de contenidos a partir de lo visto (theorémata), lo escuchado y lo leído (lógoi), con un intenso foco de atención hacia lo sagrado que tiende a jerarquizar la información que transmite, tantas veces contrastada en busca de lo fidedigno y convincente. Siguiendo a Heródoto, (Hdt.7.152) a lo largo de la Periégeis se halla muy presente la evaluación de credibilidad, de plausibilidad, la reserva ante lo no verificable: “es necesario que cuente todo lo que los griegos cuentan, pero no hay necesidad de creer en todos sus relatos” (6.3.8). La dimensión doxográfica, concerniente al juicio sobre la opinión ajena, la afirmación de la opinión propia o bien la reserva ante lo dicho por otros se halla presente en todos los Libros.
El Libro Primero, muestra una organización que se diría experimental, en búsqueda de estilo propio y consolidación de método, más consistente y perfilado en la descripción de la vecina Mégara que en la del Ática, donde la saturación cultural de Atenas parece incluso abrumar y desorientar al viajero y donde tantas veces se hace difícil distinguir la omisión y la desatención del desconocimiento. Entre su redacción y el resto de la Periégesis debió transcurrir un lapso de tiempo, tal vez incluso extenso, si bien en todo caso el intervalo tampoco entrañó una drástica alteración metodológica: en Libros sucesivos indica explícitamente la voluntad de no desviarse de los propósitos iniciales.
El campo de observación en la península griega se presenta acotado y restrictivo, pues se limita a la mayor parte de la Grecia Central y todo el Peloponeso, casi ciñendo los contornos de la provincia romana de Acaya, sin por ello seguir estrictamente el mapa político administrativo de su tiempo, que incluso hoy presenta sus lagunas. Procura abarcar la geografía identitaria por excelencia de la helenicidad (que no era su geografía de origen) donde se hallaban las poleis de mayor renombre (Atenas, Tebas, Corinto, Argos, Esparta, Mesene), así como los santuarios panhelénicos más destacados de la Grecia peninsular, a los que Pausanias presta una prolija atención, si bien diferenciada: ante todo, y de forma casi abrumadora, documenta e interpreta el de Olimpia en la Élide (Peloponeso) - entidad sagrada que nunca fue pólis - al que otorga absoluta centralidad textual, mientras dedica mucha menor extensión a Delfos en la Fócide (Grecia Central).
La Segunda Sofística (o Nueva Sofística) trae a la mente la imagen del autor viajero, del escritor itinerante, bien a menudo también distinguido orador, la noción de movilidad cultural que amplía y expande la paideia. Y en última instancia, el texto de Pausanias es la narración de un viaje real pero que obedece a un mapa cognitivo preestablecido, culturalmente muy condicionado por la retrospectividad, por el continuo reimaginar el pasado con considerable abstracción o elusión del presente (E. Franci 2013). A lo largo de los itinerarios se recorren innumerables lugares: el movimiento del viaje es estructura portante de la exposición (D. Musti 1984).
Toda la obra, organizada por regiones, como suma de syngraphés, se ordena conforme a a una doble dirección que comporta sendos recorridos de desigual amplitud: ambos parten de Atenas y el primero, más extenso y ramificado, se dirige hacia el Peloponeso, cuyo territorio se describe en su totalidad. El segundo, incomparablemente más breve (Libros IX y X) atraviesa buena parte de la Grecia central, como se ha indicado sin llegar a abarcarla por entero. Las múltiples citas cruzadas (sean anticipadoras o retrospectivas) crean toda una red de enlaces entre los distintos Libros, que crean vínculos, conexiones entre las distintas syngrafés.
Con respecto al medio geográfico, la orografía extremadamente irregular, que supeditaba el trazado viario, fue condicionante de los recorridos. Las regiones, divididas a su vez en comarcas (unidades subregionales) y en los territorios de las diversas póleis (que obedecen a otra escala), se presentan bien definidas, abarcables e incluso percibidas con cierto grado de mensurabilidad. Pausanias indica fronteras, espacios liminares - a menudo disputados y fluctuantes a lo largo del tiempo -, tierra de nadie delineada por accidentes geográficos, montes, tierras altas y boscosas, a menudo cursos fluviales (el Citerón formaba en su tiempo la frontera entre Ática y Mégara, el río Neda separa Mesenia y Élide, el Larisos Élide y Acaya), con límites en ocasiones señalizados por horoi, pilares abstractos e irregulares indicadores de confines, o incluso por su versión antropomorfa, el pilar hermaico, compromiso entre geometría e imagen, este último a veces indicador de encrucijadas e incluso dispuesto en agrupación (2.38.7). También registra localizaciones relativas, el emplazamiento y orientación de un lugar con respecto a otro mediante marcadores espaciales (próximo, no lejos, a la izquierda, al norte), así como distancias aproximativas redondeadas en estadios, que refuerzan la ilusión textual de espacio mensurable, cuantificable. En lo relativo a las condiciones territoriales de movilidad, advierte la diversidad de vías circulatorias en función de la anchura y con ello su grado y modos de transitabilidad (rutas principales, caminos secundarios, senderos). Igualmente, puede indicar la duración de los trayectos así como factores topográficos que hacían más ardua la travesía (así, las pendientes en los itinerarios montañosos, en ocasiones bien abruptos). Tampoco olvida señalar alternativas de circulación para alcanzar un mismo destino, lo que comporta evaluación, cálculo de trayectos dentro de la red viaria existente. Sean longitudinales o radiales, los recorridos se muestran con tendencia rectilínea, eludiendo en lo posible sinuosidades. De nuevo una sentencia de Montaigne:
Y cuando se está en duda de cuál es el camino más corto, tomar siempre el más recto.
La voluntad de orientar al lector sobre los desplazamientos territoriales, sobre los modos de acceso a los lugares de destino, se revela destacada en la Periégesis, que tiende a facilitar con mayor pragmatismo la aproximación física que la accesibilidad intelectual. Ya desde el inicio procura situar a la audiencia en la posición fenoménica y transitoria del viajero (J. Elsner 2001), del mismo modo que sus ecfráseis artísticas emplazan al lector como virtual contemplador de lo descrito en un determinado lugar. Frente a la organización historiográfica tradicional, cimentada en el tiempo, la sucesión temporal y en la datación concreta, Pausanias privilegia con mucho el espacio (con él, el territorio), sobre el cual - insistamos- se vertebra la obra. En los recorridos se halla bien presente el paisaje físico, con particular atención hacia los acuáticos: ríos, lagos y lagunas, fuentes, zonas pantanosas, donde frecuentemente pone el acento en singularidades y en aspectos prodigiosos. Algunas destacadas realidades hidrográficas de su tiempo, como el gran lago Copais, en la llanura occidental de Beocia, hoy no existen como consecuencia de la intervención antrópica.
Si bien explícita en la ciudad de Tebas con relación a Beocia (Libro IX) o Argos con respecto a Argólida (Libro II), no puede generalizarse sobre la organización radial de los itinerarios descriptivos a partir de un único núcleo urbano, de un epicentro particularmente relevante, a un tiempo centrífugo y centrípeto, del que se parte y al que se retorna para emprender un nuevo recorrido: en una misma región pueden coexistir más de un foco radial (Libro VIII) o incluso presentar una carencia de focalización del territorio, como acontece en Acaya (Libro VII). También en Laconia (Libro III) donde Esparta, ubicada en el valle del Eurotas y bien privilegiada en el plano histórico y descriptivo, no representa un centro de irradiación del que partan diversas ramificaciones: se emplaza en un recorrido ceñido al curso fluvial donde se sitúan otras ciudades destacadas, como la cercana y muy vinculada Amiclas. Los trayectos laconios muestran una orientación preferente longitudinal (norte-sur, sur-norte), sin radialidad alguna: la prominentes formaciones del Parnón y el Taigeto actúan como barreras de tránsito, supeditan en alto grado el trazado de los recorridos en longitud y los distribuye. No obstante, una clara variación, con tendencia a la latitud, se aprecia en el itinerario meridional, muy costero, que bordea el golfo de Laconia con sus dos penínsulas.
De modo prolongado en Acaya y en el trayecto entre Cirra y Naupacto (Libro X) así como en una parte considerable de Laconia y Mesenia (Libros III y IV), Pausanias realizó trayectos muy litorales valiéndose a veces del transporte marítimo: como se ha subrayado, el mismo Libro I se inicia en plena navegación, aproximándose a la península del Ática. Pero en conjunto predominan las rutas interiores sobre las estrechamente ceñidas al litoral: tradicionalmente y por razones de seguridad, la mayor parte de los núcleos urbanos destacados de la antigua Grecia no poseían un emplazamiento estrictamente costero. El recorrido continental por excelencia fue el de Arcadia (a la que el autor consagra el Libro VIII, el más extenso y que cierra la descripción del Peloponeso) al carecer la región de salida al mar.
De otra parte, conforme al propósito de lograr equilibrio (no sólo geográfico), Pausanias también contempla la insularidad cercana a los territorios que recorre, con particular atención a las islas del Golfo Sarónico. Pone el acento en Salamina (Libro I) y sobre todo en la en otro tiempo tan poderosa Egina (Libro II). La muy vívida descripción costera de Trecén y Hermione, (en la Akté argiva) incluye numerosas islas cercanas a tierra firme dentro de la globalidad de un paisaje marítimo alternado y entrelazado entre costas e islas, alguna extremadamente próxima al continente: de nuevo surge la entonación de periplo.Visita Esferia y Caularia (Poros), pequeñas isularidades contiguas a la costa de Trecén (a la que ambas pertenecían) separadas por un estrecho canal. En Caularia, frente al templo del santuario de Posidón (recinto sagrado renombrado en la Antigüedad hoy bien conocido sustancialmente gracias a las campañas arqueológicas del Instituto Sueco de Atenas), figuraba la tumba de Demóstenes (2. 33.5) Pero no todas, ni mucho menos, le merecen reseña. Si bien Pausanias afirma la navegación, varias de las islas litorales que solo menciona se diría contempladas desde el recorrido costero, pautado por promontorios que se adentran en las aguas y tutelados por santuarios de confines: el cabo Escileo, el Bucéfalo, más al sur el Buportmo, frente a las islas Aperopia e Hidra, estas últimas ya rebasando ligeramente el Golfo Sarónico. En este sector occidental del Golfo donde no falta la mención de un microarchipiélago ( el que llamaban las nueve islas de Pélope) muestra también atención muy geográfica hacia algunos microclimas insulares y sus efectos en la productividad.
En Laconia navega a Citera, frente al cabo de Malea, donde pone particular acento en un santuario de Afrodita “muy venerado y el más antiguo de cuantos hay de Afrodita entre los griegos”. La estatua de la diosa era una xóana armada (3.23.1). En Pausanias el término siempre designa la imagen austera de una divinidad ejecutada en madera y de remota antigüedad. Las islas jónicas cercanas a los recorridos más occidentales (Ítaca, Cefalona, Zante) que por entonces debían formar parte de la provincia romana de Epiro, no le suscitaron atención. Como gran carencia insular, en la Periégesis se echa muy en falta la descripción de la extensa Eubea, muy próxima a las costas norteñas de Ática y Beocia y de tan fácil acceso desde el continente. Apreciable por su carácter geográficamente expansivo, la digresión insular sobre la tan distante Cerdeña a propósito de una dedicación en Delfos. Pausanias la considera oportuna debido a que la isla era escasamente conocida entre los griegos (10.17.13).
Y es que, más allá del territorio que transita, en el texto abundan excursos de expansión geográfica propios de un avezado viajero tanto dentro como fuera del ámbito helénico. Desbordan con mucho el ceñido marco de la obra y rompen la tendencia a la linealidad, a la sucesión lineal. Así, la extensa y admirativa digresión del Libro VII sobre la floreciente Jonia asiática, más que probable cuna del autor como se desprende del alto grado de familiaridad geográfica, muy en particular con el por entonces municipium de Esmirna (J. P. Sánchez Hernández 2007). Un origen lidio (Magnesia del Sípilo, actual Manisa, se considera la gran candidata) que en Pausanias condicionó la propia formación cultural y las actitudes hacia la Grecia peninsular (en tanto que viajero foráneo, el posicionamiento también abarca comparación y extrañamiento). Tal vez incluso la procedencia de “la otra Grecia” involucró expectativas de recepción local, de lectura allegada. El frecuente empleo de la primera persona en plural, es en principio un nosotros autoral, pero variable: en ocasiones se refiere a los griegos en general, en otras a los habitantes de Lydia, como acontece en Olympia a propósito del origen del héroe Pélope, hijo de Tántalo (5.13.17) que da lugar a una amplificación reivindicativa de geografía mítica en torno al monte Sípilo y otros lugares de la región (Ch. Jones 2004). Como tantas otras, se trata de derivaciones centrífugas inscritas en un texto sustancialmente centrípeto. Por último cabe recordar que una parte considerable de la información oral que transmite Pausanias en varios de sus incisos procede de voces foráneas e interlocutores extranjeros, a menudo microasiáticos (1.35.4-8).
La aprehensión del autor, que describe y juzga la Grecia primigenia bajo la óptica de un ξένος, desde una perspectiva externa, no autóctona, se muestra evocadora hacia un pretérito atisbado desde el presente, entre nostálgica y crítica, teñida de firmes convicciones religiosas y particularmente atenta y respetuosa hacia lo sagrado, tanto en la esfera tangible como en la intangible. Bajo este último aspecto Pausanias es ante todo un peregrinus, un forastero que transita, y volcado de modo prioritario en la interpretación de santuarios, de cultos locales y modalidades locales de culto, mas sin propósitos específicos de veneración: no se trata de un peregrinar semejante al cristiano, de un desplazarse hacia lo sagrado motivado por una finalidad preferentemente devocional. Manifiesta profunda adhesión a la religiosidad eleusina y en más de una ocasión consigna haber hecho sacrificios personales, incluso algún desplazamiento se realizó con este fin. Pero en la agenda de autor no figuraba calendario alguno de festivales y certámenes sagrados, de concurrencias religiosas en la Grecia de su tiempo.
La narración también obedece a una óptica teñida de reserva cultural frente al dominio foráneo, sin que el grado de desaprobación de la autoridad global que ya hacía siglos había sometido toda Grecia a una reculturación política le lleve a mostrarse antirromano: es más, en Pausanias, que muy conscientemente escribe desde una contemporaneidad grecorromana - εἰς ἐμὴν (“en mi tiempo”), ἐν ᾗ ἡμῶν (en nuestro tiempo) - se diría incomparablemente mayor la conciencia de integración, del formar parte, que la resiliencia hacia lo inexorablemente establecido, considerado no obstante con cierto poso de resentimiento. Al igual que el resto de los representantes de la Segunda Sofística, Pausanias no se presenta como paladín de la resistencia cultural (A. Jacquemin 1996). Como habría de preguntarse Michel de Montaigne,
¿Quién puede quejarse de estar incluido allí donde todos están incluidos?
El crédito que le merecen Julio César, Augusto o los emperadores antoninos - en particular el encumbrado Adriano, filoheleno por excelencia -, el gran elogio que expresa en el libro VIII hacia Antonino Pío, que incluso conforme a un topos de encomio imperial parangona con Ciro el Grande, parece cuando menos revelador de aquiescencia hacia la Roma coetánea. Con ello, pudiera hablarse de una doble conformidad hacia el pretérito y hacia el presente (contrarrestada dentro de una estoica aceptación) que da lugar a toda una pluralidad de actitudes. Pero de forma reiterada muestra atención hacia los lugares donde el pasado de Grecia había dejado memoria, testimonios y vestigios en el presente romano y en ellos se centra de modo absolutamente preferente.
La evaluación de los generales y gobernantes de fines de la República y del Imperio (como también de los helenísticos), depende de la conducta, de su actuación personal ante los griegos, sin crítica propiamente sistémica o institucional. Reprueba el asedio de Sila a Atenas, la destrucción de Corinto por Lucio Mumio, la continuada depredación y transferencia de obras de arte, en su mayoría procedentes de santuarios, expolio que representaba todo un ultraje religioso y cultural. Pero acerca de Augusto, de modo exculpatorio, subraya que los romanos no habían sido los únicos ni los primeros en ejercer violencia y apropiación: el Imperio Aqueménida y la misma Grecia histórica, la "Grecia libre", representaban claros precedentes. El saqueo de lo sagrado se revelaba como práctica habitual e indistinta entre griegos y bárbaros (8.46.4).
Entre los representantes de la Segunda Sofística, en gran mayoría de origen minorasiático, el grado de asentimiento ante un orden impuesto mas plenamente afianzado se muestra variable y circunstancial; de la absoluta y encomiástica adhesión a la reserva e incluso a la crítica, ya fuera abierta o implícita, como por ejemplo en lo relativo al culto imperial que entrañaba la divinización en vida de un mortal, ajena a la mentalidad religiosa de los helenos. El ejercicio libre de la palabra, la parresía, tenía sus límites y en el ámbito de la escritura la crítica siempre fue autorrefrenado, máxime cuando se refería al presente: al igual que la toma de partido en asuntos públicos, la escritura transgresora y disidente (o juzgada como tal) podía conducir al destierro o a un prudente auto confinamiento preventivo, a no significarse más allá de los lugares de origen. Pero como el propio Pausanias, muchos de ellos revelan un estado de conciencia afligida ante la relegación que en su tiempo padecía la Grecia peninsular y en múltiples aspectos, desde la menguada relevancia política y económica (frente a la extraordinaria pujanza de la provincia de Asia) a la postergación patrimonial o la despoblación (fenómeno demográfico que a su vez tuvo mucho de desplazamiento y reasentamiento).
El nivel de prosperidad de las ciudades dependía por completo de las geoestrategias de planificación imperial, que de modo selectivo promueven determinadas entidades urbanas: la colonial Corinto, convertida en capital y gran centro de romanidad de la provincia de Acaya, Patras, puerta de Grecia y cuidad también de estatuto colonial, Atenas, prestigioso epicentro cultural de la helenicidad que gozó de una extensa red tributari. La ciudad de Elis, tan vinculada a Olympia y a la organización de los juegos, experimentó un fenómeno de centralización en detrimento de otras póleis de la Ëlide, en su inmensa mayoría abandonadas o convertidas en aldeas, ruralizadas: en época de Pausanias, la que fuera tan poderosa ciudad de Pisa, gran rival de Elis, se había convertido en un viñedo, En Laconia la propia Esparta, si bien no se vio exenta de conflictos territoriales, presenció un espectacular desarrollo monumental en época imperial (que Pausanias no pone en relieve). Independientemente de su fluctuante pertenencia a Esparta, en el territorio laconio también se impulsaron las estratégicas ciudades portuarias meridionales, que actuaban de puente entre el sur de Italia y los territorios orientales (A. Rizakis 2012). Cabe recordar que desde la globalidad del Imperio Pausanias transita por una Acaya que era a su vez provincia de tránsito.
Pero a un tiempo Roma arrincona y se desentiende de muchas otras entidades urbanas y su territorio. Aunque no determinante (tras el triunfo de Accio el rencor de Augusto hacia Atenas se aplacó pronto), la fortuna de las distintas póleis también variaba en cierto grado de acuerdo con el posicionamiento que en el pasado habían abrazado frente a Roma y la intervención romana: una Tebas o una Megalópolis, tan activamente resistentes ante la conquista, se vieron bien relegadas, con efectos de contracción urbanística y abandono. Independientemente de su relevancia, alguna ciudad que poseía vínculos ancestrales con la propia historia de Roma (fueran reales o míticos), gozó de un directo e inusual favor imperial, como la arcadia Palantio (Pallántion), auxiliada por Antonino Pío que la convirtió de aldea en ciudad, otorgándole libertad y exención de tributos (8.43.1-2).
En Pausanias las ciudades muertas, destruidas o desiertas, son particularmente abundantes en Arcadia, si bien se consignan de modo persistente a lo largo de la Periégesis. El olvido o el declive urbano no se asociaba necesariamente a la presencia romana, en muchos casos la habían precedido: en buena medida, las ruinas representan testimonios visibles, evidencias de una historia de Grecia en permanente conflicto entre griegos o frente a potencias externas, como el Imperio Aqueménida, Macedonia o finalmente la propia Roma. Paisajes residuales o cicatrices en el paisaje a los que se volverá más adelante.
El bagaje literario del autor se revela exclusivamente griego y asombrosamente plural. Obviamente el estudio estas fuentes, que comportan ecos textuales y modos de absorción y actualización, corresponde ante todo al ámbito de la filología, que a su vez también comparte el plano interpretativo con tantas otras disciplinas. Utilizó múltiples cauces de información escrita en prosa, comenzando por los historiadores canónicos, si bien de modo bien diferencial: frente a la gran deuda con Heródoto, cuyo estilo admira e incluso imita, o el uso considerable de Polibio (ignorado sin embargo en el Libro I) llama la atención la menguada presencia explícita de Tucídides y Jenofonte, apenas mencionados en toda la obra. Un rasgo a destacar, la pronunciada tendencia de Pausanias a valerse de fuentes contemporáneas a los episodios que relata o a los que alude: autores muy arcaicos para las primeras Guerras Mesenias frente a la expansiva Esparta, Heródoto para las Médicas, Jerónimo de Candía para el Helenismo temprano (sin por ello compartir su perspectiva proantigónida), Polibio para el ya avanzado.
También recurrió a la autoridad de los poetas: Homero, encumbrado y mencionado más que cualquier otra fuente, el resto del ciclo troyano, la Teogonía de Hesíodo. las epopeyas locales, el lírico Píndaro, citado con cierta frecuencia. Incluso la Periégesis concluye con el mencionado episodio prodigioso vinculado a la escritura donde la poetisa Ánite de Tegea actúa como mediadora. En mucha menor medida, prestó atención a los oradores áticos del siglo IV a. C., si bien revela particular estima personal hacia el éthos de Isócrates (Pausanias se muestra escéptico ante la intervención en asuntos públicos). Tal vez valorara también en el longevo autor la propensión hacia la escritura (gráphein) frente a los recursos de la elocuencia verbal (phrásai). Demóstenes le merece consideración y exculpación. También utiliza en ocasiones la cita de pasajes procedentes de dramaturgos áticos, bastante habitual entre autores de la Segunda Sofística.
Se valió de representantes de tradición periegética (como Polemón de Ilión, que llegaría a ser tan controvertido en tanto que fuente de Pausanias), de geógrafos (tal vez directa o indirectamente del propio Estrabón, con quien comparte la percepción de una Grecia vaciada: en la Periégesis no se descarta el empleo de compilaciones y fuentes intermedias), así como de biógrafos (si bien un Plutarco, pese a ciertos ecos indudables, no se menciona en toda la obra). También mitógrafos y genealogistas: Pausanias muestra auténtica fascinación hacia el στέμμα, hacia la arborescencia de la filiación. De ahí la recurrencia textual de genealogías ya fueran reales o míticas en tanto que testimonios de origen y ancestralidad colectiva, a menudo con atención etimológica, procurando esclarecer lo que motiva un nombre dado. Con harta frecuencia, el viajero remonta los topónimos a antropónimos legendarios, fueran masculinos o femeninos, si bien con perspectiva androcéntrica, fuera explícita o subyacente.
Posiblemente consultó textos paradoxográficos concernientes a cuanto produce θαῦμα, a cuanto asombraba y maravillaba, tanto en la naturaleza como en la creación antrópica: Pausanias es fuente también de lo maravilloso antiguo. Con toda seguridad (así lo explicita) hizo uso de historias y crónicas regionales o locales (territorialmente más delimitadas) que a su vez pudieron incluir recorridos y descripciones de utilidad. Sobre varios de los autores que menciona (ya desde el más temprano Arcaísmo y muchos de ellos de época helenística) apenas se posee información o incluso hoy se mantienen totalmente desconocidos. Dado el pronunciado interés hacia la historia local, obviamente cada Libro obedece también a una especificidad de fuentes.
Pero el empleo de esta variedad de cauces literarios no comporta, ni mucho menos, una cita sistemática de autorías: en términos comparativos con otros prosistas de la Segunda Sofística, no se muestra muy pródigo en citas de autor: las referencias suelen ser implícitas y a menudo implícitamente cuestionadas. En el uso de estas fuentes, elude duplicar relatos y no transcribe literalmente pasajes ajenos: los reelabora y abrevia, conservando en ocasiones ciertas reverberaciones que sólo desde la especialización filológica pueden ser detectadas.
Como Heródoto, pero en mucha mayor medida, en el ámbito de la escritura presta llamativa atención a las inscripciones, que a veces transcribe literalmente, aunque también epitomiza, parafrasea o simplemente menciona y cuya detallada lectura le sirvió como inestimable apoyo documental de elevada fiabilidad - con ello, de autoridad - y en múltiples ámbitos. Así, en el reconocimiento, autoría y dedicación de innumerables estatuas, como acontece en el amplísimo elenco honorífico de presencias atléticas en Olympia (que como bien subraya el propio Pausanias no eran ἀναθήματα), lugar privilegiado con mucho en documentación inscrita. Algunos errores iconográficos, incluso llamativos (5.10.8), pueden obedecer a la ausencia o ilegibilidad de inscripciones. Si bien la densidad epigráfica se muestra desigual entre los distintos Libros, la confianza de Pausanias en la transparencia informativa, en la credibilidad de las inscripciones, percibidas como sólido anclaje, se revela en conjunto incomparablemente mayor a la que le suscita la tradición oral o la historiográfica. Pero a un tiempo también puede aproximarse a la inscripción con interés intrínseco, no sólo en tanto que fuente. Asi, en ocasiones señala el estado de conservación y legibilidad, el dialecto, la dirección y sentido de la escritura. La écfrasis del λάρναξ de los Cypsélides que contempló en el templo de Hera en Olympia (5.17.5-19.10), la segunda más extensa de toda la Periégesis, proporciona un buen testimonio sobre este aspecto de atención epigráfica.
Sobre la caracterización de este último dominio, como de tantos otros, en términos generales bien poco que esclarecer tras la publicación de los germinales trabajos de Christian Habicht, que establecieron un antes y un después en el estudio de Pausanias. En especial, el impacto historiográfico de Pausanias und seine Beschreibung Griechenlands” (1985) puede calificarse de medular o si se prefiere, de sillar angular en el estudio del autor. Sin por ello cuestionar la importancia (sea complementaria o incluso bien divergente) de innumerables aportaciones subsecuentes, no tanto globales como sectoriales (así, en el ámbito de las artes la obra de K. W. Arafat Pausanias' Greece. Ancient artists and Roman rulers, publicada en 1996 representa un valioso contrapunto) o fragmentarias, individuales o colectivas y en los últimos años casi desbordantes. Incluso se diría que inabarcables. Jamás Pausanias había sido tan tematizado como en el presente y desde tal pluralidad de aspectos. Lo que incluso relativiza el sentido de una tentativa de síntesis o ensayo globalizante, cuyo alcance probablemente no va mucho más allá del glosar lo ya glosado incluso aún sin saberlo: si bien no existe texto sin pre-texto, hoy Pausanias se presenta cual fenómeno transdisciplinar hipertextualizado hasta lindar la saturación, casi imposible de abarcar. ¿Qué extensión no alcanzaría la bibliografía completa sobre el autor publicada desde el cambio de siglo hasta el presente?
Conscientemente arcaizante como el resto de los representantes de la Segunda Sofística, aunque como bien se ha señalado con diversa e incluso singular percepción y valoración de lo ἀρχαῖος frente a la autoridad del concepto de clásico que domina en la corriente literaria (K.W Arafat,1996; V. Pirenne-Delforge 2008) Pausanias hace un uso continuado de la memoria histórica, pero no aborda una antología temática del pasado (en cambio la propia Periégesis en un futuro muy lejano habría de ser objeto de antologías) o una labor enciclopédica basada en la sistematización de diversos saberes sobre Grecia. La presencia del autor conductor es permanente y el viajero adopta una actitud crítica ante lo que observa, lee y escucha. La opinión (a menudo la discrepancia de opinión), la exégesis personal, se halla presente en los Diez Libros y frecuentemente la relación con sus propias fuentes – particularmente con las verbales, con el “dicen y se dice”, con el “llamado” o “el que llaman” - crea distanciamiento y reserva en el texto. Con certeza, tiende a eludir el lugar común, lo ya dicho y conocido por la tradición y en cambio se afana en rescatar información complementaria e inusual con la intención de salvaguardarla del olvido. A través del sondeo sobre lo recóndito o lo poco atendido, muy a menudo sobre lo singular, también procura la originalidad de lo inédito o casi inédito. En la hermenéutica de los materiales que recoge suele cotejar y contrastar variados cauces de conocimiento, que a menudo se presentan en conflicto.
Una parte considerable de los contenidos de la Periégesis procede directamente de los lugares que visitó el viajero, muy probablemente asesorado por las élites vernáculas – implicadas en el mantenimiento patrimonial de sus ciudades – por επιχώριοι cultos, conocedores de la historia y las tradiciones locales que bien pudieron brindarle acogida y aportarle orientación y conocimiento sobre los lugares que habitaban: a este respecto no proporciona apenas información, como en general sobre las circunstancias humanas de los recorridos (sin albergues, sin flujo de gentes), e incluso sobre sí mismo pese a su continua presencia enunciadora y conductora: con relación al semblante de autor la Periégesis opta conscientemente por la elusión. Mas Pausanias fue sin duda un hombre de mundo, bien acaudalado y muy posiblemente con vínculos sociales en la Grecia peninsular que propiciarían el uso de las redes de hospitalidad, de la institucionalizada xenía aristocrática. Sin embargo el texto esquiva cualquier encuentro de hospitalidad, cualquier situación doméstica o convivial (como pudiera serlo una charla de sobremesa), presenta una sociabilidad de autor escasa y repetitiva, cuya economía relacional incluso sugiere restricciones de comunicación social más allá de la estrictamente necesaria para sus propósitos.
Como testimonia el propio autor, contó con la información verbal de sacerdotes. También de guías locales (que prefiere designar como exegetai, asesores que conducen en un determinado lugar), cuya información no siempre considera veraz o de particular interés. En todo caso, sin negar la utilidad, insuficiente. Pausanias no se reconoce ni se presenta jamás en el texto como un periegeta. Es más, como antes Plutarco en Delfos (Mor.395c), procura distinguirse de la verbosidad de los guías profesionales en conocimiento y calidad informativa. La relación del autor con la figura del periegeta se diría puramente analógica, como análogo se muestra también el propio vínculo de la syngraphé (el plan, el proyecto conscientemente unitario y global de Pausanias que en el texto jamás aparece denominado periégesis) con las precedentes y desdibujadas modalidades del género periegético, al menos durante el Helenismo ya avanzado de tendencia más local e incluso monográfica. Lo que pudiera considerarse geografía histórica de Pausanias es de mayor alcance, como lo había sido el proyecto de Polibio, quien se propuso utilizar los espacios geográficos como un modo de organizar y comprender el devenir de los acontecimientos en un proceso de interacción con el medio (Plb. 3.36). Al respecto, y como elemento diferenciador de propósitos, cabe recordar que no es lo mismo geografía histórica, que ahonda en el tiempo para interpretar el territorio, que historia geográfica, esta última en Polibio una πραγματικὴ ἱστορία (V.I. Kashcheev 2002), política y demostrativa en la que la geografía se muestra como factor condicionante en tanto que méros de una historia redactada bajo el prisma político militar y de utilidad para el hombre de Estado.
La Descripción de Grecia en gran medida se fundamenta en la experiencia personal y preliminar que supone la autopsía, el “ver por sí mismo, con ojos propios" (ἰδὼν οἶδα). En la contemplación y el reconocimiento directo que siguiendo a Heródoto, Pausanias pone tan en valor. De forma reveladora, cuando trata de un lugar o un monumento que no ha podido contemplar, suele advertirlo con honestidad al lector. El testimonio de evidencia que proporciona en tanto que aserción de veracidad, de crédito, ha gozado de inestimable interés como medio de conocimiento para la Arqueología y la Historia del Arte Clásico ya desde su consolidación como ciencias. En lo concerniente a la identificación y ubicación de construcciones (templos, héroa, altares, ágoras, gimnasios, teatros tumbas aisladas y necrópolis, murallas) así como de obras de arte plástico, aun contando con detractores Pausanias llegó a erigirse en autoridad ya desde el apuntalamiento simultáneo de ambas disciplinas. Máxime hacia finales del siglo XIX y durante el cambio de siglo, cuando si bien con acogida polémica (particularmente en el ámbito filológico) y recepción/ apropiación diferenciada entre naciones, se instauró como auténtica fuente canónica en múltiples dominios disciplinares de la Antigüedad clásica, no sólo en el arqueológico y el histórico artístico. A título de ejemplo, tras la Guerra de Independencia, representó en la propia Grecia el gran mediador cuando se procedió a la resignación oficial y neohelénica de la toponimia nacional, destinada a reemplazar y borrar memoria.
El orden topográfico que vertebra los Diez Libros - de naturaleza espacial, dinámico en tanto que entraña un continuo desplazamiento - hizo pensar que Pausanias se propusiera escribir una suerte de guía, un “manual de viaje” para visitantes de cierto rango. Pero tal interpretación basada en una finalidad puramente utilitaria sobre el terreno, hoy se antoja trivial y anacrónica. Otra cuestión es la invitación al viaje o la sugestión viajera que pudiera ejercer el texto sobre el lector que no se desplaza, sobre el reader at home.
Además de la cita y descripción de sitios y monumentos, de las cosas vistas (theorémata), en la obra no sólo aparecen innumerables y variados excursos (lógoi), sino que estos últimos, y muy en particular los extensos pasajes históricos (o bien de mitohistoria) en la Periégesis se equiparan a los descriptivos e incluso llegan a erigirse de forma abrumadora en discurso mayor (llamativamente histórico narrativo el Libro IV, consagrado a la sufrida Mesenia; también aunque en menor medida el VII, dedicado a Acaya). Cuando el lógos se presenta temáticamente nuclear, no sería considerado precisamente secundario, digresivo o periférico por parte del autor, como tampoco exclusivamente compensativo cuando a su juicio existiera menos que describir: formaba parte de la axiología de autor. De otra parte, lejos de la organización monótona, los Libros presentan calculadas variaciones en cuanto al equilibrio entre monumentos y narrativas.
Pausanias carece del esmero y el rigor argumental, de la lógica concatenación de Tucídides o Polibio, o del fundamento filosófico de los Moralia de Plutarco: distanciado del sofista filósofo, la presencia de la filosofía se limita a algunos topoi muy propios de su tiempo, entre escépticos y estoicos. Tampoco posee el ingenio y la ironía de Luciano de Samosata. El estilo literario, monótono y por lo común escasamente cuidado (aunque sin renuncia al empleo de imágenes retóricas), llegó a ser juzgado como talón de Aquiles del autor: la comparación con el purismo estilístico refinadamente arcaizante y aticista que domina en la Segunda Sofistica (a menudo ampuloso) hacía de Pausanias casi una rara avis con respecto a la escritura que prevaleció en su tiempo. Las mismas descripciones artísticas del viajero no son comparables en vivacidad (enárgeia) y sutileza estética a las de Luciano o más tarde, en época Antonina, a las de Filóstrato El Viejo o Calístrato, quienes en determinados pasajes descriptivos de obras de arte no parecen haber ignorado a Pausanias, si bien sin nunca mencionarlo de forma inequívoca: hubo otros autores de la época con el mismo nombre (S.P. Vyskubov 2016).
Sin embargo, independientemente de la desatención (posiblemente muy consciente) hacia el esmero y el artificio estilístico, la obra del viajero posee innegables y plurales valores e intereses y en diversos ámbitos: valor como geógrafo (tanto en lo concerniente a la geografía natural como a la humana), como versado historiógrafo y hoy se diría como etnoantropólogo, experto conocedor de comunidades, movimiento de pueblos, sinoecismos, genealogías, mitos y rituales.
También personalidad muy interesada en obras de arte, si bien bajo un prisma que relega los aspectos teóricos (comenzando por la estética de la mimesis) o incluso valores propiamente formales. Así, la presencia marginal del color, la composición o la ejecución en las ecfráseis de pinturas (tan temáticas o bien narrativas) que por lo general el lector percibe ácromas e incluso sin pictoricidad alguna. En esto también existe en Pausanias cierta variabilidad, piénsese en la descripción de las megalografías de Polignoto en la leschè de los Cnidios en Delfos, la descripción más extensa y detallada de toda la Periégesis (10.15.1-32), donde no faltan observaciones compositivas y espaciales junto con algunas anotaciones cromáticas (C. Cousin 2000). A los pies del Ítome, extremadamente ácroma y aespacial la descripción de las pinturas que figuraban (seguramente protegidas bajo un pórtico) en el santuario (anexo al Asclepeion) de la legendaria Mesene, heroína de Mesenia epónima de la región y de la ciudad de Mesene. Una secuencia de imágenes tal vez en dispuestas en doble registro seguramente acompañadas de inscripciones y que recreaban todo un linaje, una compleja y ramificada red de parentesco, Allí la tematización de lo representado relega por completo el modo de representar.
En la parte de atrás del templo, hay pinturas de los reyes de Mesene: antes de la expedición de los dorios al Peloponeso, Afareo y sus hijos, y después del retorno de los Heraclidas, Cresfontes, jefe también él de los dorios, y de los que vivieron en Pilo, Néstor, Trasímedes y Antíloco, los hijos de Néstor más estimados por ser los mayores y haber participado en la expedición a Troya.
Están Leucipo, hermano de Afareo, Hilaíra y Febe y con ellos Arsínoe. Está también representado Asclepio, que es, según la leyenda de los mesenios, hijo de Arsínoe, también Macaón y Podalirio porque participaron en la hazaña de Troya. Estas pinturas las hizo Onfalión, discípulo de Nicias, hijo de Nicomedes. Algunos dicen que era esclavo en casa de Nicias y su favorito (4.31.11-12).
Sin embargo Pausanias se muestra implícitamente consciente del proceso evolutivo de las artes, muy en particular de la estatuaria, en buena medida basado en la experiencia autóptica. Pero también fue conocedor de escuelas, de todo un canon de grandes artífices y del encadenamiento de autorías entre maestros y discípulos, un conocimiento mediatizado no sólo por la observación y las inscripciones y que en muchas ocasiones apunta a la consulta tratadística. Sobre la cultura artística que en Pausanias denotan las propias elecciones, se dedicará otra entrada del blog.
Contempladas a menudo con espíritu anticuario (dignas de ser reconocidas y recordadas ante todo por su antigüedad y en función de su antigüedad), las artes frecuentemente aparecen estrechamente enlazadas a la propia historiografía. Aunque no por sistema (en Pausanias percepción visual y discurso histórico pueden presentarse absolutamente independientes) el lógos historikós suele generarse a partir de lo visible en el presente de autor, y en particular a partir de la consignación de una obra percibida, fuera o no objeto de descripción. Incluso la visibilidad el monumento (o del objeto histórico) se diría a menudo pretexto para generar excursos, digresiones históricas o de otra naturaleza (como la etiológica) que suscita lo contemplado y que incluso pudieran evaluarse como verdadero propósito textual.
Sobre el palmario dominio del lógos que surge a partir de lo visible pero que llega a eclipsarlo, a relegarlo por completo, cabe considerar algunos pasajes que en su mayoría representan excelentes testimonios relativos a la destacada actualización de la historia y la historiografía helenística en la Periégesis. Un periodo que no gozaba de particular aprecio en tiempos del autor: los propios sofistas tematizaban preferentemente la historia de la Grecia anterior a Alejandro en sus escritos y declamaciones, privilegiando el periodo clásico (W. Ameling 1996).
Ya en el Libro I y dentro de una agrupación de retratos honoríficos de monarcas helenísticos ubicada en el Ágora griega de Atenas frente a la entrada del Odeón (que comenzaba por una secuencia de efigies de reyes lágidas) da lugar a una sección muy histórica. Al final de la serie consigna la estatua de Pirro de Epiro, dedicada en tanto que liberador de la ciudad de la ocupación macedonia. El reconocimiento del retrato escultórico elude por completo la descripción (como acontece con el resto de las efigies regias allí presentes) y en cambio suscita una extensa biografía política de tres capítulos que se inicia con la detallada genealogía: la ascendencia del rey se remontaba hasta el legendario Neoptólemo (también llamado Pirro), hijo de Aquiles. Pero el relato se vuelca en la práxis del monarca eácida. Como en las biografías plutarqueas, al tratar de personajes singulares (a los que Pausanias tiende a atribuir un peso excesivo en el acontecer histórico) ante todo procura mostrar comportamientos individuales en acción, a diferencia del de Queronea sin particular interés hacia la apariencia física, rasgos de carácter o aspectos sicológicos. Se trata de condensaciones biográficas volcadas en la actuación. Y al igual que acontece con los estrategos griegos o los emperadores romanos, en el viajero los dinastas helenísticos son juzgados con arreglo a su intervención en la Grecia histórica. De ahí su escasa simpatía hacia la estirpe macedonia, ya a partir del argéada Filipo II, de tan penoso recuerdo para Grecia.
Dentro de este grupo retratístico ateniense, las efigies de Filipo y su hijo Alejandro (seguramente cercanos al de Pirro) solo son mencionadas: dada la importancia histórica de los personajes Pausanias no considera oportuno extenderse. Pero valora muy por encima los honores consagrados a los lágidas, efecto de una verdadera estima en tanto que benefactores de la ciudad: la actuación favorable de los monarcas egipcios hacia Atenas ya se anuncia en el primer pasaje del Libro I a propósito de la pequeña isla de Patroclo. A decir del viajero, la dedicación de retratos en la plaza histórica a los reyes macedonios (incluida la de Lisímaco, que en cambio le merece una extensa digresión histórico biográfica) no obedeció tanto al aprecio como a la adulación (la kolakía) y a la inmediata utilidad, al oportunismo por parte de los atenienses (1.9.4).
A propósito de los dirigentes griegos, la obra incluye varias interpolaciones histórico biográficas, como la que dedica al estratego Arato de Sición, la gran figura de la Liga Aquea durante la segunda mitad del siglo III a.C, a partir de la consignación del ἡρῷον (visto pero no descrito) que su ciudad le habría consagrado (2.8.1-9.4). Pero destaca de forma prominente la síntesis biográfica del estratego tebano Epaminondas (9.13.1- 15.5) que puso fin a la hegemonía espartana, fundador de Megalópolis y Mesene, una figura particularmente elogiada en Pausanias (como antes con propósitos bien diferentes por Dión de Prusa) y que en un pasaje del Libro VIII califica como “primero de los generales griegos” (8.11.9). Por último, la consagrada al megapolitano Filopemén, personalidad político militar cuya desaparición crea una cisura en el acontecer de Grecia (8.49.1-53.8). Estos dos últimos relatos biográficos también tienen como punto de partida un referente visual: respectivamente un retrato contemplado en Tebas y un basamento inscrito en Megalópolis. A cada uno de los tres dirigentes había dedicado Plutarco un bíos (el de Epaminondas no se conserva y el de Filopemén cierra la serie de las biografías griegas de los Βίοι Παράλληλοι).
Dentro de un amplio y variado espectro de motivaciones visuales (a menudo imprevisibles), la evidencia conmemorativa del despojo de combate también puede desencadenar la narración histórica. La observación de los escudos arrebatados a los galos que pendían sobre el peristilo del templo de Apolo en Delfos, crea un muy extenso y a juicio de Pausanias oportuno lógos sobre la incursión de los bárbaros en Grecia acaecida en 279/278 a. C. (10.19.4-23.8), que de modo inhabitual data con toda precisión. Una desafiante y aniquiladora expedición procedente del norte de Grecia que incluso intentó a apoderarse de las riquezas del lugar sagrado. Si bien fue heroicamente rechazada por el contingente de varias ciudades griegas y de forma conjunta, la defensa no poseyó dimensión panhelénica: los peloponesios (salvo puntualmente Acaya) no participaron en el combate, se limitaron a fortificar el istmo de Corinto de extremo a extremo, cerrando la subpenínsula por tierra: los galos carecían gran flota. Pero la atroz invasión si bien ponía en el mayor riesgo la Grecia Central y con ella el venerado santuario de Delfos, amenazaba nada menos que la propia existencia de todos los helenos: no solo la libertad estaba en juego. Desde Etolia al Ática, la entidad suprarregional sirvió de cortafuegos, de verdadero muro de contención.
Una hazaña colectiva que Pausanias de forma implícita parangona - casi inevitablemente - con las Médicas (así, las Termópilas volvieron a adquirir un heroico y dramático protagonismo defensivo, ahora ateniense en lugar de espartano). Como en las sagas de la Guerra de Jerjes (comenzando por Heródoto) tampoco faltó la presencia de epifanías heroicas protectoras. En la defensa, Pausanias confiere particular significación a Atenas y a la tan damnificada Etolia: los habitantes de Calió había sido espantosamente dañados por los galos con el fin de que las tropas etolias abandonaran las Termópilas para proteger su territorio. La narración de este último episodio no puede ser más sombría, con particular acento en la violencia ejercida sobre las mujeres, grandes víctimas de los horrores de la guerra:
Mataron a todos los varones y masacraron igualmente a viejos y niños sobre los pechos de sus madres; y después de matar a los más robustos de estos niños a causa de la leche, bebieron su sangre y comieron su carne. Las mujeres y las vírgenes en la flor de la edad que tenían valor se adelantaron a suicidarse cuando la ciudad fue tomada. A las que todavía vivían les infligieron toda clase de injurias por imperiosa violencia quienes carecían tanto de piedad como de amor. Las mujeres que conseguían una espada de los gálatas se quitaban la vida por su propia mano. Otras, no mucho después, iban a morir de hambre y de insomnio, ultrajándolas los bárbaros implacables uno tras otro. Se unían incluso con las que estaban moribundas o las que ya estaban muertas (10.22.3-4)
Pero también señala en el sitio de Delfos el coraje que en la lucha mostraron los foceos a modo de compensación por los ultrajes que en el pasado habían infringido al santuario de Apolo. En contrapartida, además de consignar la irrelevancia del contingente de Patras, el único llegado desde Acaya, oscurece la participación de Macedonia, que también agredida por las incursiones célticas había enviado representación militar.
El interés que el viajero muestra hacia este acontecimiento (en realidad sucesión de acontecimientos: la narrativa no se centra en un solo combate) ya se anticipa con cierta amplitud en el Libro I (1.1.4) a modo de pendant literario muy pro ateniense y al cual Pausanias remite en el excurso délfico. Una digresión (lógos) histórica y geográfica que surge a partir de la contemplación en el bouleuterion del ágora de Atenas (sala del Consejo de los Quinientos) de un retrato pictórico del estratego Calipo, "que condujo a los atenienses a las Termópilas para preservar Grecia de la invasión de los gálatas" (1.3.5). En el Libro I el theórema es seguramente un pínax (Pausanias consigna el nombre del pintor, Olbiades), en el X los despojos de guerra ofrendados al dios Apolo por los etolios, fijados sobre el arquitrabe del templo, escudos oblongos en oro o dorados inscritos en la sucesión de metopas lisas de los lados meridional y occidental del templo. El resto de metopas del peristilo obedecían a una iniciativa ateniense que, también mediante escudos dorados inscritos, remontaba de modo anacrónico al triunfo de Maratón. Pausanias no indica que se tratara de una dedicación conjunta y es la etolia la que suscita el lógos. En los años subsecuentes del siglo III a. C. la presencia e influencia de la Liga Etolia en la anfictionía fue sin duda prominente y los etolios erigieron en el santuario monumentos conmemorativos del triunfo y dedicaron trofeos arrebatados a los galos, rivalizando incluso con las ofrendas de los reinos helenísticos en el recinto oracular.
Las fuentes de Pausanias para el lógos galo (seguramente variadas), que en la senda de Heródoto incluye también aspectos etnográficos sobre el pueblo bárbaro que subrayan su alteridad, han sido muy debatidas. El estilo particularmente vívido y la búsqueda del efecto conmovedor y la implicación emocional (sympátheia), la elocuencia agónica que adopta el viajero, apuntan a la utilización de una fuente histórica helenística partícipe de la corriente dramática (que escenificaba la historia acentuando el páthos). Muy plausible candidato - no necesariamente exclusivo -, el historiador del siglo II a, C. Filarco (A. Pierozzi 2023), seguidor de Duris de Samos y severamente criticado por Polibio a propósito de su narración de la caída de Mantinea: una cosa era la tragedia, otra, incluso opuesta, la historia basada en la indagación sobre las causas y su naturaleza (Pol. 48.2.56).
Desgranado en el primer y en el último Libro, el doble relato céltico bien pudiera obedecer al horizonte de expectativas por parte de destinatarios de la cultivada Jonia asiática, tan intensamente impregnada de cultura pergamena: unas décadas más tarde, Pérgamo había logrado también derrotar y alejar a los galos en la batalla del Caico (241 a.C.) y en la capital del reino, señala Pausanias en una derivación minorasiática, podían verse los despojos arrebatados a los galos así como una pintura que representaba la consecución del triunfo (1.4.6), sin mencionar galatomaquia escultórica alguna.
El propio autor fue testigo de la presión bárbara que llegó a amenazar la pax romana, protagonizada por germanos junto con sármatas y otros pueblos de las estepas rechazados por el emperador Marco Aurelio (8.43.6) quien muy avanzado su reinado logró aplacarlos sin llegar a derrotarlos por completo. Ya en 175 d. C. el monarca (último emperador mencionado en Pausanias) recibía el cognomen de Sarmaticus.
Por último, en las proximidades del teatro de Tegea, la lectura directa de la inscripción elegíaca sobre la base de una estatua consagrada a Filopemén (pedestal despojado de imagen que evidenciaba ausencia: el retrato honorífico que en tiempos de Pausania ya no existía), a la sombra de Polibio genera un largo excurso sobre la actuación política y militar del mandatario arcadio, líder de la que fuera pujante Liga Aquea, muerto en Mesenia en 183 a.C. y considerado el último campeón de la libertad de los griegos (8. 49-51). En Pausanias la lista de grandes benefactores de la Grecia del pasado, bienhechores no sólo de sus ciudades, sino de todos los griegos, se inicia con Milcíades, héroe de Maratón, y se cierra con Filopemén (8.52). Tras Filopemén, se sucede un período de desaciertos y el koinón aqueo terminaría siendo aniquilado por Roma en 146 a.C. debido a las desavenencias entre póleis y a la actuación desafortunada– cuando no abiertamente corrupta – de sus dirigentes ante una Macedonia en pleno declive y una República Romana en arrolladora expansión. En Pausanias la suspensión absoluta del devenir de la Grecia histórica no se hallaba en la derrota de Queronea - pese a la destrucción que supuso (3.7.11) - ni en la Guerra lamaica, sino en la devastación de Corinto ya en el último Helenismo.
El pasaje considerado, que señala la más profunda inflexión histórica, habría de ejercer particular sugestión en Johann Joachim Winckelmann (K. Harloe 2010) quien asoció en relación causal la privación de libertad que trajo consigo la derrota de la Liga con la desaparición del arte griego, expresada en la Geschichte como alegórico abandono y honda pérdida. Para Winckelmann la libertad ciudadana era requisito indispensable para la creatividad y en la imitación el epígono romano jamás podría alcanzar la altura de lo originario. Y Pausanias rara vez se detiene en obras plásticas posteriores a la segunda mitad del siglo II a. C., sin por ello dejar explícito un vínculo entre libertad y producción artística. No dejan de existir analogías entre la percepción evolutiva del arte griego en Pausanias y Winckelmann, si bien el primero procede desde la evidencia, desde la experiencia y familiaridad con lo visible. En cambio Winckelmann operó desde lo invisible, jamás confrontó la realidad visual de las fuentes griegas, “las fuentes más puras del arte”. Tal vez incluso recelaba confrontarla: junto con el temor al fantasma de la decepción que habrían de experimentar tantos viajeros a Grecia, presentía que la evidencia podría contravenir muchos de sus postulados, de otra parte tan cargados de futuro. A diferencia del Gelehrter, la retrospectividad de Pausanias no va unida a la aspiración regenerativa a un nuevo tiempo estético. Es más: la Periégesis no explícita el anhelo de rehabilitar ni mucho menos contempla la utopía prospectiva de un nuevo orden. Lo que se vislumbra en Pausanias con miras al futuro es cierta esperanza en la proyección venidera de la honda piedad (εὐσέβεια) propia de un tiempo remoto. Y frente al culto imperial de su tiempo, se diría que en el retorno de los verdaderos dioses, siempre considerados presentes y justos. En convicciones religiosas, nada que ver con las tan circunstanciales de Winckelmann, en realidad místico laico de lo bello.
La memoria histórica que recoge el autor, cuya dimensión como ἱστοριογράφος es innegable (D. Musti 1996), si bien no ejerce una función vertebradora o articuladora en la estructura de la Periégesis (se trata de historia fragmentada, casi musivaria), revela una continua competitividad entre póleis, desde el terreno político y militar al ámbito religioso y cultural. La narración relata una Grecia en disputa, fraccionada y local, mucho más caracterizada por la diversidad y la rivalidad entre ciudades que por la unidad panhelénica que jamás se había alcanzado. El afán de supremacía, la ambición, la corrupción y la πλεονεξία, el deseo insaciable de tener más a costa de los otros, la habían hecho inviable.
Las propias Médicas, en las que los griegos no siempre presentaron un frente común (en Platea ciudades como Tebas medizaron por odio hacia sus rivales helenos), la prolongada guerra del Peloponeso en pugna por la hegemonía que en palabras del autor removió desde sus cimientos la Hélade, el fracaso de la Liga Aquea, “último de los grandes poderes de Grecia” o el propio devenir del disputado santuario anfictiónico de Delfos, corroboraban una historia en permanente conflicto, de desacuerdo y hostilidad entre ciudades, que no era precisamente menor en el ámbito sagrado, en la afirmación de la pertenencia y el prestigio religioso (Ch. Frateantonio 2009). Una división que se prolongó durante los reinos helenísticos e incluso bajo dominio romano cuando eventualmente a las póleis se les otorgó cierto grado de libre actuación, de resolución. No muy lejano del tiempo de escritura, el fracaso del primer panhelénion adrianeo debido a las desavenencias entre etolios y focidios así lo confirmaba (J.M. Cortés 1999).
Nada tiene de sorprendente una afirmación general de Pausanias: la mayor parte de los asuntos de Grecia son objeto de disputa (4.2.3), todo un tejido de versiones en conflicto. En este aspecto, la pérdida de libertad de los griegos, que en el viajero obedecía al principio teleológico universal dictado por Diké que castiga la hybris y por la mudable Fortuna, la inconstancia del destino que trasciende la actuación humana, poseía un contrarresto bien apreciado: frente a la antigua contingencia, a la stásis y al antagonismo entre ciudades estado, el garante de paz y estabilidad que en vida del autor representaba el Imperio Romano. La Periégesis procura ser registro o archivo de una memoria colectiva en tensión, en modo alguno un prolongado encomio hacia la historia de los griegos. Cronista del fracaso panhelénico, en el ámbito de la historia política Pausanias es mucho más lo que deplora que aquello que elogia. El propio devenir de Grecia y en particular la actuación de la mayoría de sus dirigentes (pocos habían sido los realmente benefactores y de su listado excluye a un abominado Pericles, “miembro de una generación de asesinos y destructores”) lleva a Pausanias a mostrarse escéptico ante la vida activa, ante la participación en lo público.
Los procedimientos expositivos, variables y selectivos, altamente imprevisibles e incluso a menudo cargados de controversia potencial, no parecen haber sido los más adecuados para redactar una extensa guía general para visitantes, si bien eventualmente la Periégesis pudiera haber sido utilizada total o parcialmente como tal. La limitada difusión que debió alcanzar la obra de Pausanias vendría también a confirmar que la elaborada y prolija exposición del viaje, plena de digresiones y divagaciones, a un tiempo sincrónica y diacrónica, no se ajustaría a las expectativas de simples viajeros curiosos: tal vez nada más lejos de un plan divulgativo, de un manual de viaje encauzado a facilitar, a simplificar la accesibilidad cultural. Pausanias no habla de los destinatarios de su obra, pero la Periégesis debió idearse como proyecto dirigido a satisfacer expectativas de iniciados, requería un grado de conocimiento previo para hacerse inteligible al lector o a la audiencia. Factores tales como la exhaustividad, la densa erudición o el grado de complejidad de tantos pasajes etiológicos que entrelazan toponimia y mito, incluso podrían interpretarse como reto cultural lanzado al destinatario potencial. Independientemente del alcance receptivo de la Periégesis, el autor se mide con una audiencia de iguales, poseedores de una variada paideia que a un tiempo aspiran a acrecentar y a contrastar con el propio texto, que no obstante también posee diversos niveles de legibilidad, de la elevadamente culta a la prosaica, de escasa intensidad.
Tal vez el propósito esencial del enfoque discursivo pudiera haber sido el impulsar en sus lectores una determinada toma de conciencia, el influir en la percepción y evaluación del renombrado pasado, de la memoria identitaria de Grecia (muy condensada en la sagrada) dentro de la disparidad del presente y en un sentido más reflexivo y anímico que puramente fáctico y documental (E.L. Bowie 2001).Pero a través de la historia, una cuestión es la intención del autor, otra la interpretación y el uso del texto. Y así, la conversión de la Periégesis en un antiguo Baedecker, en guía pragmática y compañera indispensable del viaje a Grecia, representa una invención del siglo XIX , a su vez históricamente condicionada por el nuevo filohelenismo occidental- diferenciado de la grecofilia dieciochesca- un fenómeno asimétrico de transferencia inscrita en la rivalidad entre naciones, de apropiación (transferencia material incluida) y resemantización cultural diferenciada entre las potencias. Un filohelenismo a su vez reflectante en tanto que proyectado sobre la propia identidad e imagen del estado griego, política y culturalmente tutorado por las naciones occidentales y con diversos tiempos y ámbitos de protagonismo e influencia. Ante la afirmación tan aceptada de que el filohelenismo decimonónico - que en Europa se desarrolló durante el siglo nacionalista por excelencia tras el Congreso de Viena - hubiera representado un fenómeno consensuado propiamente como internacional o "internacionalista", surge cierto escepticismo: lo que imperó en la interacción asimétrica fue ante todo la rivalidad de intereses entre naciones. Otra cuestión es el filohelenismo de la globalización, aunque la simpatía internacional, se diría que universal hacia Grecia a la hora de la verdad tampoco se manifiesta precisamente en términos de solidaridad hacia la soberanía nacional o de respeto hacia los ecosistemas. Desde la autoconciencia que crea la experiencia de lo vivido, como la Grecia intervenida, hoy no es de extrañar una reacción crítica de desconfianza nacional (cuando no de abierto rechazo) hacia el filohelenismo global, que de otra parte fagocita identidades.
Las múltiples aportaciones de la Periégesis no se limitan al área de identificación y verificación espacial, a la anotación sobre obras, huellas y tradiciones que el autor reconocía como antiguas. Pausanias representa mucho más que una fuente de alimentación acumulativa de onomástica geográfica, de reflexiones etiológicas y etimológicas, de descripciones, y reelaboraciones míticas, históricas, étnicas o antropológicas. Hay muchos modos de interrogar y reconocer la Periégesis y en las últimas décadas el campo de observación de buena parte de los expertos se orienta hacia los modos de aproximación temática, hacia la singularidad del método expositivo (basado en una narratología digresiva, recurrente y a menudo conjetural) y muy en particular, hacia las complejas e intrincadas estrategias discursivas (como lo son los propios recorridos) que caracterizan la obra. De manera que el interés tiende a desplazarse del valor auxiliar extrínseco - en tanto que cauce de conocimiento y evaluación de veracidad - al sentido intrínseco, que reside en la textualidad, en la intencionalidad narratológica (que abarca motivación y finalidad) del propio texto.
Ya desde sus orígenes como ciencia, la arqueología clásica poseyó un grado elevado de cimentación textual, incluso llegó a ser largamente deudora del método filológico comparativo: la denominada arqueología filológica, que tantas veces se malinterpreta en tanto que método. En Grecia y particularmente en Atenas, la Periégesis orientó los primeros estudios documentales (topográficos y de medición) realizados sobre el terreno, como los impulsados por la pionera Sociedad de Diletantes: un John Stuart utilizó a Pausanias, si bien se vió más mediatizado por Vitruvio, por entonces juzgado como canónico en el estudio de la arquitectura griega. Más tarde la Periégesis auxilió las primeras y espectaculares excavaciones de gran alcance en suelo griego (contempladas en otra entrada del este blog) llevadas a cabo por parte de miembros del internacional Xeneion con finalidad en nada altruista. Lo que no quiere decir que entre estos últimos fuera siempre interpretado con acierto, así en Egina, la confusión del santuario de Afaia con el de Zeus Panhelenion por parte de Charles. Robert Cockerell y Carl Haller von Hallerstein, los grandes protagonistas de la campaña, que se dejaron llevar por una tradición local errónea. La posterior Expedición Científica de Morea (1829-1833), destacada y fructífera iniciativa francesa durante la Guerra de Independencia griega a la que se debe algunas prospecciones pioneras en lugares como Olympia o Mesene), utilizó el texto como fuente primordial, e incluso se propuso seguir los recorridos peloponesios de Pausanias.
Finalmente, cómo no recordar que un breve pasaje del autor que había sido malinterpretado por muchos, imantó a Heinrich Schliemann hacia el interior de la antigua ciudadela de Micenas (que a diferencia de la colina de Hisarlik no era por entonces un lugar precisamente desconocido) en busca de las tumbas reales de Agamenón y sus contemporáneos.
Clitemnestra y Egisto fueron enterrados a poca distancia de la muralla pues que se consideraban indignos de que sus tumbas estuvieran en su interior, donde reposaban Agamenón y quienes habían sido asesinados junto a él (2.16.5)
En 1876, el descubrimiento intramuros del Círculo A de tumbas de fosa vertical trajo consigo una de las revelaciones más espectaculares de la Historia de la Arqueología, cargada de extraordinario valor fundacional: en lugar de confirmar tradiciones legendarias a las que Schliemann, fanático de Homero, atribuía el mayor crédito, el hallazgo habría de convertirse en sillar angular de la micenología: más allá de la ensoñación legendaria, el prusiano se había topado con otra realidad mucho más antigua que no reconoció. Una vez hallada la quinta tumba (cinco son las mencionadas por Pausanias), Schliemann cesó la excavación, prueba de su fidelidad a la información del viajero. Una sexta quedaba por descubrir. Otra cuestión es la controversia sobre los rudimentarios e incluso destructivos métodos de trabajo de quien fuera hombre de negocios, arqueólogo amateur y siempre ávido de prestigio de quien recelaba la propia administración griega.
Durante las últimas décadas en el dominio arqueológico y desde la experiencia de la propia disciplina, ha suscitado gran atención – y prevención- el relativo grado de extrapolaridad de Pausanias, la relación en modo alguno de identidad y plena concordancia, sino de similitud entre los paisajes culturales que elabora el texto y la evidencia que proporcionan los actuales paisajes arqueológicos, en buena medida paisajes revelados, rescatados a través de la intervención. En este último aspecto, la Periégesis ofrece un correlato literario y una versión textualizada de la realidad material y visual interpretada por su autor: el afán de precisión e inspección física de Pausanias no comporta necesariamente exactitud en sus observaciones, como acontece en las topográficas o en las relaciones espaciales dentro de un núcleo o conjunto monumental. (D. R. Stewart 2013). Más que afirmar o negar, la Arqueología(como también la Historia del arte Clásico) hoy se presentan en continua negociación con la Periégesis.
De otra parte, están los avances en el estudio del paisaje productivo y la explotación del suelo (aspectos hacia los que el viajero muestra limitada y desigual atención) que desde la cultura material capturan usos y actividades más que representaciones. Como el análisis de las estructuras agrarias de territorios de la antigua provincia romana de Acaya, que indican reorganizaciones del hábitat, adaptaciones y continuidades en el paisaje rural que hoy relativizan la acentuada impresión de soledad y declive, de paisaje deshabitado (por tanto estéril) tan reiterada en la exposición del viajero : la propia crisis demográfica. cuando menos, se va vislumbrando diferencial.
En buena medida la Periégesis también se presenta como memoria de abandono y olvido. Por doquier, recoge paisajes de vestigios, construcciones en estado de ruina, múltiples ciudades muertas o sumidas en un declive que afectaba incluso a póleis del mayor renombre. Memoria que en cierto grado bien pudiera obedecer a una estrategia de ficción y espectralidad literaria. El poner el acento en esta modalidad de paisaje cultural desposeído, desculturalizado, es bien insistente a través de los Diez Libros, donde lo fantasmagórico posee destacada presencia testimonial. De hecho Pausanias se erige en gran puntal de una configuración narrativa recurrente que habría de contar con larga e intensa trayectoria receptiva: el topos de la desolada grandeza, de la Grecia exánime, sin pulso, que invitaba a la reflexión afligida y nostálgica y habría de erigirse en gran cantera de sublimes ensoñaciones para el Clasicismo Romántico.
Estrictamente contemporánea ha sido la indagación en torno a la historia de la transmisión escrita y a la recepción, a la acogida de la Periégesis en pertinentes y diversos tiempos culturales con sus oportunas resignificaciones. Así, M. Georgopoulou et alt (2007), J. Elsner et alt (2010), S. Vyskubov (2016, 2018). Señalar también la pronunciada atención hacia los paisajes culturales de Pausanias, que son paisajes historiados, paisajes de la memoria (S. E. Alcock 1993, 1994, 2001; W. Hutton 2005; M. C. Cardete del Olmo 2018, G. Hawes 2015; J.König 2025).
A partir de lo inscrito en el texto, la indagación cartográfica de rutas y lugares de la Periégesis tuvo una prolongada historia propia, en cuya elaboración no faltaron escollos. Algunos incluso hoy se mantienen: a menudo la descripción de determinados recorridos en Pausanias se presta a distintas lecturas. Por mencionar un par de aportaciones, trabajos como Travels in the Morea: with a map and plans (1830) del coronel londinense William Martin Leake - miembro de la Sociedad de Diletantes y geógrafo militar- , o el sexto volumen de la obra monumental del antropólogo y mitólogo escocés J. G. Frazer Pausanias's Description of Greece (1898), influyente traductor y original glosador de la Periégesis, significaron destacadas pautas decimonónicas en el mapping del viajero.
En una actualidad caracterizada por la globalización comunicativa basada en el soporte intangible, la cartografía interactiva de la obra ha adquirido particular relieve. Así, la Digital Periegesis (E. Barker et alt. 2023), gran repositorio de conjunto que obedece a un proyecto internacional pero debido a la iniciativa y a la gran implicación de instituciones suecas (Universidad de Uppsala, Swedish Institute at Athens). En curso de realización se halla un nuevo proyecto de atlas geodigital de la topografía descriptiva de Pausanias partiendo de otras experiencias recientes y plenamente consolidadas (M. Cornaglia et alt. 2025).
Otra cuestión de interés es cuanto se desprende a partir de la lectura de la Periégesis, el cosmos de deducciones en buena parte inducidas por la forma en que cada intérprete entiende y hace uso de las categorías y herramientas de análisis. Así acontece con la propia noción de paisaje, concepto fluido y polisémico que abarca toda una pluralidad y diversidad de aspectos, algunos incluso fenoménicamente huidizos. Una creación antrópica pronunciadamente visual que se diría en permanente construcción epistemológica. Obviamente no es lo mismo el paisaje real, percibido o si se prefiere sintetizado de forma directa y sensorial por la mirada del contemplador, que el mediatizado y tematizado por la descripción literaria -o la transcripción pictórica- que permite imaginarlo en función de la percepción ajena, la del autor que presenta su propia versión, una personal y calculada transposición de lo visible donde la espontaneidad y el efecto de inmediatez son tan solo aparentes. En la recreación del paisaje, sea macro o micropaisaje, las selecciones de Pausanias obedecen a conscientes elecciones.
También los modos de comprender la presencia textual de lo descriptivo – en la Periégesis variable y selectiva hasta la extrañeza - puede condicionar las inferencias sobre Pausanias. Así, la cita escueta y puntual de un lugar o monumento (a menudo cita pasajera o enumerativa) crea un efecto de presencia, actualiza en el texto lo mencionado incluso con potencial visible y alusivo. Pero sin valores propiamente descriptivos. De otra parte, la información narrativa y las noticias incidentales, si bien documentan y amplifican la interpretación, a menudo relegan o desplazan la propia descripción, que tantas veces se observa fragmentaria, inconsistente o elusiva. Cuando no totalmente ausente, reemplazada por la hermenéutica de lo que se selecciona entre lo que se observa. Como ejemplo bien llamativo, en Pausanias el Erecteo de la Acrópolis de Atenas carece por completo de envoltura arquitectónica, de muro, prostaseis en saledizo (incluído el celebérrimo prostôon meridional) y pórticos regulares, estrictamente rectilíneos. Por ello, en tanto que construcción, se percibe absolutamente invisible en términos de espacio externo.
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