lunes, 10 de junio de 2019

Santuario y paisaje sagrado

 Santuario y paisaje sagrado

En la comprensión de los santuarios de la Grecia Clásica, dominio y propiedad de la divinidad, la ubicación topográfica y las muy variadas particularidades cultuales se manifiestan de primordial importancia. Se trata de recintos que suscitan una percepción integrada del lugar sagrado dentro de un entorno. Y no solo el relativo al territorio inmediato.
             El paisaje natural, que la presencia de lugares de significado religioso (promontorios, fuentes, cuevas, ríos, bosques, caminos procesionales, finalmente, los propios teména) transforma en sagrado y por tanto en cultural, representa un dominio expresivo, casi parlante, que comunica aspectos relativos al carácter y a las peculiares atribuciones que una determinada comunidad otorgaba a la divinidad. De este modo, para el fiel que con su mirada construía el paisaje, la materialidad de la naturaleza, impregnada por lo sagrado cobraba connotaciones intangibles de carácter sobrenatural, ya fueran protectoras o coercitivas.



Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna (Crotona)

La interacción visual, la conciliación entre arquitectura, emplazamiento cultual y entorno natural, singulariza la sacralidad específica de cada recinto, inseparable de las cualidades y funciones de la divinidad a la que se consagra. Buena parte de epítetos de diosas y dioses que acompañan a los correspondientes teónimos (también a nombres de héroes) orientan sobre el aspecto concreto de poder bajo el cual son venerados en cada santuario, expresando a menudo algún grado de concordancia con el lugar sagrado. Dentro de la pluralidad de atributos onomásticos (no necesariamente cultuales), el apelativo puede poseer un explícito valor toponímico (Zeus Itómatas, Atenea Lyndia), o bien funcional, referente a competencias específicas y selectivas que en un lugar sagrado ejerce una divinidad (Atenea Polías, Apolo Patroos, Ártemis Agrotera), dotada a su vez de potencial multifuncionalidad. El epíteto también puede remitir a los orígenes míticos del culto y con ello del propio santuario (Apolo Pytio).
Cuando existen templos - no todos los santuarios griegos se monumentalizaron, ni mucho menos -, sin duda la espacialidad externa del naós, centro visual del recinto (no así centro ritual), construcción geométricamente definida y abarcable, que invita a ser contemplada desde múltiples perspectivas y aproximaciones, desde la cercanía y desde la distancia, acentúa los vínculos y contrastes entre arquitectura perfilada y entorno envolvente. Vínculos que pueden expresarse en términos de armonía (Olympia) o bien de dramático contraste (Delfos). Alusivos al dominio sagrado sobre el territorio son los numerosos santuarios liminares, que a menudo se ubican en fronteras disputadas o los emplazados en rotundos confines costeros (como Cabo Sunión en el Ática o Cabo Colonna en Crotona) que crean intensas improntas visuales en el paisaje. 
 Hay muchos modos de concebir y definir el paisaje, aquí comprendido en tanto que percepción e interpretación visual, por tanto sensorial y fenoménica y que  abarca distintas realidades visuales asociadas: el propio hierón demarcado por el períbolo y su entorno inmediato (como el que crea un bosque sagrado) pero también accidentes geográficos alejados, a menudo ritualmente asociados, prominentes y bien perceptibles en la distancia: así, el monte Ítome con relación a los santuarios urbanos de Mesene o el Tomaros, majestuoso fondo de montaña de la oracular Dodona.
En cualquier caso, cabe definir el lugar consagrado como un todo, como globalidad visual. Como espacio simbólicamente orientado, impregnado de sensaciones (con su correspondiente grado de subjetividad) junto con memorias y valores alusivos, propios y específicos de cada grupo comunal (en el ámbito sagrado no necesariamente dependientes de grupos urbanos: los territorios de la chóra tuvieron sus propias redes cultuales) o bien de cada agrupación de comunidades con valor federal.
En correspondencia con un mundo geopolítico sumamente fraccionado, competitivo en extremo entre entidades que reafirman tradiciones míticas propias y cultos locales identitarios dentro de su territorio, cada santuario griego se muestra singular y en su impresión paisajística, irrepetible: pese a los rasgos funcionales comunes, domina con mucho la variación y la asimilación local. 
Los recintos sagrados fueron vulnerables ante incendios, movimientos sísmicos y destrucciones intencionadas. Mudables y convertibles, pueden modificar su semblante monumental a lo largo de la historia (en particular los federales, centros de concurrencia y competencia edilicia) mientras que los accidentes geográficos del dominio natural, fueran inmediatos, próximos o distanciados del lugar sagrado, permanecían como anclajes indelebles. 
                                          A diferencia de las advocaciones homónimas de dioses y diosas (que incluso pueden venerarse en varios santuarios de una misma polis bajo distintos apelativos (así la diosa Atenea tanto en el asty como en la chóra del Ática), los teména rara vez admiten duplicados. Tal vez con alguna excepción, como pudieran ser los innumerables Asklepeia, cuyo frecuente grado de semejanza obedece a razones funcionales muy específicas, con cierto carácter de sucursales curativas transgeográficas. En rigor, la identidad del témenos tampoco se transfiere a la esfera colonial, donde los santuarios todo lo más replican, reinterpretan y procuran establecer determinadas analogías visuales con los lugares sagrados metropolitanos. La transferencia de cultos posee ante todo una elevada carga simbólica y no implica calco constructivo ni necesariamente búsqueda de similitudes ecológicas y medioambientales.

BIBLIOGRAFÍA
SCULLY (1979, 2013)
JOST (1985, 1990)
SCHACHTER y BINGEN (Eds,) (1992)
MARINATOS y HÄGG (Eds.) (1993)
CARDETE DEL OLMO (2004)
HORSTER (2010)
BRULÉ (2012)

No hay comentarios: