martes, 14 de febrero de 2023

Imágenes de excelencia I. Los Gedanken de Winckelmann y el viraje de Dresde

                            

Esculpidas en mármol blanco de distintas calidades, las Herculanesas de Dresde (Skulpturensammlung, Staatliche Kunstsammlungen) constituyen dos destacados referentes tipológicos del retrato femenino helenístico y muy en particular, romano. Ambas poseen tamaño superior al natural, la Gran Herculanesa rebasa ligeramente los 2 m. de altura; la Pequeña es algo inferior,1,79 m. A ellas se suma una tercera Herculanesa acéfala en el mismo formato que la Pequeña. Las tres carecen de atributos.

Tras su temprano descubrimiento en Herculano, la estatuas fueron enviadas desde Portici a Roma por el príncipe D’Elboeuf, aristócrata francés al servicio de Eugenio de Saboya,el gran comandante de la armada imperial austríaca, Allí experimentaron una primera restauración para luego ser trasladas en secreto a Viena en 1713, regaladas por D'Elboeuf a su superior. En Viena se destinaron a la fastuosa Sala de Mármol del Belvedere Inferior. Pero desde 1736/7 (Knoll 2008), las Herculanesas se hallaban en Dresde, adquiridas de la herencia de Eugenio de Saboya por el rey Augusto III de Polonia y príncipe elector de Sajonia (Federico Augusto II de Sajonia). 

Pequeña Herculanesa acéfala. Staatlichen Kunstsammlungen, Skulpturensammlung, Dresde.

 

Dresde: una iniciación entre cuadros modernos y estatuas antiguas

A partir de1748, Johann Joachim Winckelmann (1717-1768) trabaja en el castillo de Nöthnitz, cercano a Dresde, como empleado del Conde Heinrich von Bünau, ministro y consejero real, gran bibliófilo e investigador de la Historia del Imperio Germánico y estricto caballero protestante. Allí fué secretario científico (en realidad, recopilador y sintetizador de fuentes) y luego asistente de catalogación en la extraordinaria biblioteca, una de las más prominentes de toda Sajonia. La biblioteca condal desempeñó un papel destacado en la cosolidación cultural multidisciplinar y particularmente histórica de Winckelmann (Décultot 2000, 2003), al tiempo que la experiencia adquirida habría de serle de gran utilidad durante los primeros años en Roma. Sin decantarse por un ámbito específico de la disciplina, "mi obra principal será la historia", anunciaba ya con anterioridad en una misiva de 1746 desde Seehbausen, donde ejerció como maestro y preceptor antes de su traslado a Dresde.

               Winckelmann fue infatigable estudioso de filología y literatura clásica, apasionado lector de Homero y Platón al tiempo que interesado en una extraordinaria multiplicidad de saberes: teología, historia natural, medicina, anatomía, fisonomía, incluso en Halle fue conocedor directo de la incipiente estética moderna, concebida por A, G. Baumgarten como ciencia filosófica de la percepción sensorial y que nunca llegó a convencerle. Pero solo en Dresde entró por vez primera en contacto con una gran pinacoteca: la Galería Real de Pinturas, instalada desde 1747 en el Stallgebäude, construcción renacentista contigua al palacio donde, tras realizar algunas reformas, permaneció durante más de un siglo. Finalmente se trasladaría al Semperbau que bordea el gran patio ajardinado del Zwinger, edificado por Gottfried Semper ya como museo, uno de los más prestigiosos de la Alemania ochocentista (Neidhardt 2012, Hoppe-Münzberg 2020).

                         La Galería Real, tan acrecentada por las adquisiciones en Italia de Augusto el Fuerte y en particular por su hijo Federico Augusto, representaba una de las colecciones más renombradas de toda Europa, particularmente rica en obras de escuela italiana (la más importante al norte de los Alpes) seguida de la flamenca, holandesa y francesa (Weddigen 2008). Winckelmann la visitó con asiduidad y, gracias a sus contactos en la corte, con las mayores facilidades. Propiedad a un tiempo regia y principesca, el acceso a la colección era restringido, se reducía a expertos, artistas e invitados, a menudo viajeros de élite que recorrían largas distancias atraídos por la notoriedad de la Galería. "Todo mi corazón solo depende del conocimiento de la pintura y la antigüedad", escribía  Winckelmann en una carta fechada en 1753. De hecho la pintura protagonizó sus primeras descripciones de obras de arte, recogidas en la incompleta Beschreibung der vorzüglichsten Gemälde der Dresdner Galerie (1752/53), escrito inédito redactado con finalidad instructiva pero también a modo de Karrierestrategie (Weddigen 2008) con la expectativa de lograr un puesto en la pinacoteca regia, una esperanza que resultó frustrada. 

          En muy pocos años Winckelmann se familiarizó con la colección y adquirió conocimientos estilísticos, criterios de diferenciación ente escuelas y maestros, entre originales y copias, así como nociones de restauración (un campo que siempre habría de interesarle), catalografía pictórica y presentación, todo un conjunto de saberes propios de un inspector/conservador de colecciones, un ámbito en aquella época dominado por la taxonomía biográfica de tradición vasariana. En la presentación de la Galería Real de Dresde se sumaba un principio de estricta jerarquización temática impuesto por el dogma católico (Weddigen 2008). La correspondencia de Winckelmann durante este periodo se hace eco de una pluralidad de intereses artísticos anclados en la Galería y en la pintura.

                                              
    Buena parte de los juicios expresados en los Gedanken über die Nachahmung der griechischen Werke in der Malerei und Bildhauerkunst, Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura (Dresde, 1755), remiten a la experiencia de la pinacoteca real, donde dedicó su tiempo al estudio de las obras modernas desde el Renacimiento. De modo indirecto, Winckelmann convierte al lector en implícito visitante y contemplador del espacio de presentación, de la propia Galería.

            En los Gedanken muestra un abierto posicionamiento clasicista ante la Querelle du coloris (la larga polémica entre disegno y colorito cuyos orígenes se remontan a la Grecia Clásica). Frente a Roger de Piles, retrospectivo adversario francés cuyo Dialogue sur le coloris (1673 ) así como el Cours de  peinture par principes (1708) leyó con gran atención e incluso readaptó de forma selectiva algunos extractos de particular relevancia, bajo el criterio del estricto control de la forma Winckelmann toma abierto partido en favor de la supremacía del dibujo y muy particularmente del contorno sobre el color, tan valorado por   de Piles como apreciación sensorial de la pintura, pero depreciado en el autor prusiano (Hodne 2020). De ahí la reveladora preferencia del crítico hacia los grandes maestros del disegno (Rafael, Miguel Ángel, Nicolas Pousin), frente al al estilo ya fuera tenebrista, naturalista o exuberante en exceso de otros grandes modernos (Tintoretto, Caravaggio, Rembrant, Rubens). En los criterios de gusto de Winckelmann se aprecia el influjo del pintor, anticuarista y teórico clasicista romano Giovanni Pietro Bellori, en particular de su célebre discurso L'Idea del pittore, dello scultore e dell'architetto scelta dalle bellezze naturali superiore alla Natura (1672), un referente central en la propia teoría del arte winckelmanniana. En correspondencia con los juicios sobre pintura, la dura refutación de “el gran Bernini” (en el texto, el más descalificado de los artistas modernos) por el “ecceso di natura”, en tanto que escultor inspirado solo en el estudio empírico de lo bello natural.

      El todavía joven autor prusiano valora en la pintura la contención y la disciplina cromática, mientras que la negación ya no de la primacía, sino de la propia presencia del color, se afirma con relación a la estatuaria antigua. Cuando ya Platón en la República se había referido de forma bien explícita a las esculturas policromadas de su tiempo (Pl. R.4.420 c-d), un pasaje que habría de poner muy en valor P. M.Schuhl (1952). Si bien la evidencia  de la Ártemis arcaizante de Pompeya que Winckelmann examinó en 1762 en el Museo de Portici le haría reconocer tardíamente que las estatuas antiguas en mármol se policromaban y con una amplia gama de pigmentos y colores que propiciaban matices (Primavesi 2010; Kunze 2011, 2017; Blumme 2017), la muy posterior rectificación obviamente no condiciona la escritura prexistente. Frente a la forma, el cromatismo - como luego en E. Kant y su concepción de la forma como prerrequisito - representa para Winckelmann algo auxiliar y subordinado, "una cualidad externa que contribuye a la belleza, pero que no es bella en sí misma", afirmaría en la primera edición de la Geschichte der Kunst des Altertums (1764), donde, precisamente debido a la policromía, todavía consideraba la Ártemis de Pompeya una estatua no griega, sino etrusca.

                  Como principio general, en Winckelmann el color no constituye en modo alguno esencia y se muestra desprovisto de particular relevancia en la apreciación del arte: lo bello ideal excluye o bien subordina la policromía. Conforme a un prejuicio muy arraigado durante la Ilustración, en el campo de la estatuaria el blanco, concebido como no color que reverbera la luz en las estatuas de mármol, representa una de las condiciones de la  propia belleza frente al color, asociado al primitivismo o a la barbarie. Cromáticamente se exalta el primado de la blancura y la palidez, asociadas a lo incoloro del no color, a la transparencia lumínica y a la pureza (como la imagen del agua en Winckelmann), valores que embellecen y ennoblecen las estatuas antiguas e incluso la arquitectura de los griegos (esta última, considerada todo un paradigma paradigma de superioridad frente a las construcciones grises de la ciudad moderna). Aun habiendo rectificado durante sus últimos años -  corrección que supuso una destacada y pionera aportación a la historia del color en la escultura de la antigüedad clásica -  el intelectual alemán contribuyó de forma decisiva a la creación del mito de una Grecia antigua estrictamente blanca (Hockey 2013, 2015) con sus correspondientes implicaciones etnocéntricas. 

               De todos modos, como señala H. Hodner, el tema central de los Gedanken en lo concerniente a la crítica de la pintura moderna era color versus forma, no color frente a blancura (Hodner 2020). Pero al tratar la estatuaria, en la descripción y análisis de las piezas antiguas, el ensayo omite cualquier observación cromática (no tanto el efecto pictórico del trabajo propiamente escultórico), dejando implícita la absoluta monocromía de las superficies marmóreas donde no se señala indicio alguno de color. Lo sorprendente, al tiempo que extremadamente revelador, es cuando la ausencia cromática se extiende incluso al campo de la pintura.

Sobre el acromatismo en Winckelmann la descripción de la Madonna Sixtina de Rafael Sanzio (h. 1513/14), muy mediatizada por los rasgos de estilo que señalaba Roge de Piles en su Dialogue como propios del gran pintor, posee un particular interés. Se trata de la gran joya de la colección de Dresde que, por mediación de J. L. Bianconi, el Príncipe Elector había adquirido en1753 al monasterio de San Sixto de Piacenza por una gran suma (Brink 2012) y cuya excelencia artística descubrió el año siguiente a Winckelmann su amigo el pintor y escultor Adam Friedrich Oeser (Kunze 1977; Heres 1991). Convertida en novedad de la pinacoteca, el lienzo no fue en cambio foco visual durante su primera instalación en la cámara destinada a la pintura italiana, donde La Natividad, la Heilige Nacht de Correggio constituía la pieza favorita (Kroegel 2015). 

En el cuadro de Rafael Winckelmann vio una nueva estrategia para poner en valor las Colecciones Reales en los Gedanken mediante una interpretación innovadora de la recién llegada Madonna. Junto con el Laocoonte, grupo escultórico del que el cuadro viene a ser equivalente en grandeza, merece en la sección del texto consagrada a la expresión los mayores elogios y una relativa extensión descriptiva. Representa la única écfrasis de una obra del artista desarrollada en todo el ensayo: no es lo mismo citar o aludir que describir, como tampoco la observación directa que el conocimiento mediatizado. En el estudio se consideran otras composiciones de Rafael, pero se trata de pinturas murales ejecutadas en Roma y que Winckelmann por entonces no había contemplado: el Triunfo de Galatea de la Villa Farnesina  que en el texto no es objeto descriptivo, o el Encuentro de León Magno con Atila de las Estancias Vaticanas, recogido con mayor atención ecfrástica. La superior grandeza de Rafael, alcanzada en virtud de la imitación de los Antiguos, supone un tema recurrente y enlaza las referencias al pintor dentro de los Gedanke.

     El gran lienzo, magistral variante de la sacra conversazione, se enjuicia como ejemplo excepcional de un maestro del contorno más grandioso y más noble (Wie groß und edel ist ihr ganzer Kontur!), consecuencia del estudio de la antigüedad: para Winckelmann Rafael representaba el verdadero sucesor de la escultura griega en la pintura moderna (Lappo-Danilevskiij 2020). La majestuosa Madonna, centro del cuadro y eje vertebrador de la descripción, concebida con expresión atemperada de inocencia y dulce encanto y en actitud serena, con el sosiego (Stille) que los antiguos conferían a las imágenes de sus divinidades, viene a erigirse en obra mediadora de la antigua perfección, una imagen trascendente que se eleva sobre la naturaleza misma. En contraste, la comunicación expresiva, gestual e incluso efusiva, gravita en las figuras adoradoras de los mártires San Sixto y Santa Bárbara. 

 

  Parafraseando a M. Ponzi, la écfrasis no constituye una transposición neutra, una transcripción directa de la realidad figurativa en palabras: opera como filtro mental. Lejos de ser mediadora directa entre la imagen y el lector, se muestra intermediaria entre la concepción de la imagen en el observador/descriptor que la interpreta (de forma selectiva y orientada) y el destinatario, que no percibe un cuadro, sino la versión de un cuadro (Ponzi 2009), la interpretación verbal de una representación visual. Toda descripción no lo es propiamente de la imagen, sino de su contemplación (Baxandall 1990), ya sea esta última  real o la ficticia. Cabe de nuevo remitir a los propios orígenes de la modalidad ecfrástica.

                Conforme a la descripción de Winckelmannn, en la obra de Rafael solo hay figuras y la visualización enfoca las primordiales. El encuadre, de particular valor ilusionista  (Hening 2005), un espléndido trompe'l'œil creado por el cortinaje que cuelga de una fina barra raída y el antepecho inferior donde se apoyan los dos expresivos y risueños querubines, no le merece atención descriptiva. Bien distintos en vivacidad y gracia al "niño elevado sobre lo común" que porta la Virgen en sus brazos y que en realidad posee la expresión meditativa propia de un Cristo eucarístico, los pueri alati tan solo son mencionados, sin la menor observación. lo que suscitó críticas entre los eruditos sajones: para muchos expertos los angelillos, que el tiempo habría de convertir en emblema del cuadro, eran merecedores del mayor elogio. La tiara papal sobre el antepecho no le merece atención. Solo cuenta el triángulo esencialista de las figuras de la Virgen con el niño y los dos santos adoradores a sus pies.

                                            Dentro de los Gedanken, en la lectura del lienzo Winckelmann  reflexiona por primera vez sobre la esencia de la belleza valiéndose de la descripción de una pintura en particular. Omite cualquier referencia al ilusionismo relativista y ambivalente del cuadro, y al mundo objetual, como si entraran en conflicto con los valores absolutos y trascendentes que Rafael había forjado no a partir de la materia o de la imitación de la naturaleza, sino creadas por el intelecto: "yo me sirvo de una cierta idea en mi imaginación", comentaba el pintor en la la célebre carta a Baltasar Castiglione, cita clave en los Gedanken como antes en Bellori: elevándose como los griegos sobre la naturaleza a través de la idea, el maestro alcanza la plenitud de la belleza, fin primero de todo arte. El origen de esta concepción idealista se remonta a Plotino, actualizado en el neoplatonismo de la Italia renacentista (Filippi 2012)

    Madonna Sixtina. Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde. 

           Utilizada en el texto con un fin ejemplificador, la experiencia representacional del cuadro de Dresde aparece filtrada por una visión preconcebida, categórica y universal. La herméutica de lo percibido (que paradójicamente posee un trasfondo androcéntrico), se resuelve en contorno, grandeza y jerarquía expresiva, al margen de otras consideraciones, como el color, la luz, la sensorialidad táctil o la atmósfera sobrenatural en la que se ubican las figuras, que en la descripción se dirían abstraídas del resto de lo representado.

 Winckelmann tampoco interpreta el cuadro conforme a la propia función determinante que la Madonna Sixtina tuvo en su lugar de origen como pieza de altar (Schwarz 2002): una vez convertido en pieza de colección, el que había sido cuadro-retrablo en el ábside mayor de la iglesia conventual de San Sixto de Piacenza se descontextualiza y habría de propiciar interpretaciones abiertas. El precioso tesoro de la Galería Real mantiene su significado de imagen religiosa, pero pierde por completo la prominente función litúrgica con que había sido concebido (Hennig 2011). Con ello, el sentido originario del cuadro como revelación simbólica profundamente cristológica se disipa: de imagen cultual, la Madonna Sixtina se transforma en imagen de culto artístico.

Es war dieses Bild das Hauptaltarblatt des Klosters St. Sixti in Piacenza. Liebhaber und Kenner der Kunst gingen dahin, um diesen Raffael zu sehen, so wie man nur allein nach Thespiä reisete, den schönen Cupido von der Hand des Praxiteles daselbst zu betrachten.  

Sehet die Madonna mit einem Gesichte voll Unschuld und zugleich einer mehr als weiblichen Größe, in einer selig ruhigen Stellung, in derjenigen Stille, welche die Alten in den Bildern ihrer Gottheiten herrschen ließen. Wie groß und edel ist ihr ganzer Kontur! 

Das Kind auf ihren Armen ist ein Kind über gemeine Kinder erhaben, durch ein Gesichte, aus welchem ein Strahl der Gottheit durch die Unschuld der Kindheit hervorzuleuchten scheinet. 

Die Heilige unter ihr kniet ihr zur Seiten in einer anbetenden Stille ihrer Seelen, aber weit unter der Majestät der Hauptfigur; welche Erniedrigung der große Meister durch den sanften Reiz in ihrem Gesichte ersetzet hat. 

Der Heilige dieser Figur gegenüber ist der ehrwürdigste Alte mit Gesichtszügen, die von seiner Gott geweiheten Jugend zu zeugen scheinen. 

Die Ehrfurcht der hl. Barbara gegen die Madonna, welche durch ihre an die Brust gedrückten schönen Hände sinnlicher und rührender gemacht ist, hilft bei dem Heiligen die Bewegung seiner einen Hand ausdrücken. Ebendiese Aktion malet uns die Entzückung des Heiligen, welche der Künstler zu mehrerer Mannigfaltigkeit, weislicher der männlichen Stärke, als der weiblichen Züchtigkeit geben wollen. 

Die Zeit hat allerdings vieles von dem scheinbaren Glanze dieses Gemäldes geraubet, und die Kraft der Farben ist zum Teil ausgewittert; allein die Seele, welche der Schöpfer dem Werke seiner Hände eingeblasen, belebet es noch itzo.

Esta imagen formaba parte del altar mayor del monasterio de San Sixto en Piacenza. Amantes y conocedores del arte iban allí para ver este Rafael como se viajaba a Tespia tan solo para contemplar allí el bello Cupido de mano de Praxíteles.

Véase la Madonna con su rostro lleno de inocencia y, a la vez , de una grandeza más que femenina, en una dichosa y sosegada actitud, con esa serenidad que los Antiguos hacían prevalecer en las imágenes de sus divinidades. ¡Qué grande y noble es todo su contorno! 

El niño en sus brazos se eleva sobre el común de los niños a través de un rostro en el que la luz de un rayo de divinidad parece atravesar la inocencia infantil.

Bajo la Madonna, arrodillada a su lado, la santa la adora en la intimidad de su alma, pero lejos de la majestad de la figura principal, el gran maestro ha compensado esta inferioridad con el dulce encanto de su rostro.

Frente a esta figura, el santo es el más venerable de los ancianos, cuyos rasgos faciales parecen testimoniar una juventud consagrada a  su Dios.

La veneración de santa Bárbara hacia la madonna, más sensual y conmovedora gracias a sus bellas manos apretadas contra su pecho, se expresa en el santo con la ayuda del movimiento de una sola mano. Precisamente esta acción nos pinta el éxtasis del santo, en el  cual el maestro, procurando una mayor variedad,  quiso otorgar preeminencia a la más prudente fuerza masculina sobre la modestia femenina.

Sin embargo el tiempo ha despojado mucho del resplandor aparente de esta pintura y la fuerza de los colores se ha desvanecido en parte; sólo el alma que el creador insufló con sus manos en la obra todavía la anima.

                        Formalmente, la descripción no difiere del estilo propio de ta mayor parte el ensayo: parágrafos breves, concisión y contención retórica (en un tiempo en el que esta última se hallaba en pleno declive). No obstante Winckemann utiliza de forma reiterada el símil, la comparación, figura retórica propia de la écfrasis ya desde sus orígenes y que se erige en la sintaxis descriptiva de la Madonna como recurso primordial, operativo tanto en la apariencia como en la expresión de las figuras, sea por contraste o por semejanza.

          Conscientemente, el autor optó por una determinada forma de descripción sucinta y selectiva, en la que hace abstracción de cuanto considera superfluo. Cuando era muy capaz de describir con mucho mayor detalle y extensión. En los Sendschreiben über die Gedanken, opúsculo epistolar añadido a la segunda edición alemana del estudio (Dresde y Leipzig 1956) concebido como artificiosa estrategia de contestación a sus detractores, Winckelmann despliega una extensísima y pormenorizada descripción del cuadro de historia "Antioco y Estratónice" del pintor, grabador y teórico clasicista holandés Gérard de Lairesse (1641-1711). 

    Se trata de una esmerada recreacion histórica de la belleza antigua que el crítico juzga excelsa y que transfiere en palabras conforme a un módulo ecfrástico integrador: la mirada se extiende por toda la pintura, en superficie y profundidad, y la paráfrasis abarca el todo. No falta el apoyo de las citas clásicas ni las percepciones helenizantes (como las alegóricas cariatides del fondo) e incluso algunos detalles preciosistas en los accesorios. El efecto tanto ambiental como particularmente emotivo de la descripción, que tiene su nudo temático en el conflicto de pasiones y en las nobles actitudes que suscita la dramática cesión, es el propio de una pormenorizada puesta en escena, con pronunciado efecto ilusionista. Un efecto bien distinto al que caracteriza la descripción-teorema de la Madonna Sixtina. Se diría incluso que Winckelmann interpreta la visualización del cuadro de historia de Lairasse como contrapunto ecfrástico a la descripción de la pintura de Rafael. Sin por ello renunciar al parangón, al puente con el gran maestro renacentista al referirse a Estratónice, personaje central del cuadro de Lairesse, como "la figura más noble, una figura de la que podría enorgullecerse la propia escuela de Rafael".  

                     Como en otras citas y descripciones de obras de arte en los escritos de Dresde, y  a diferencia de la Madonna Sixtina, la percepción del cuadro obedeció a una visión mediatizada: el crítico sólo conocía la pintura del maestro, conocido como el Poussin holandés, a través de grabados. Si bien la obra de Lairesse (el pintor realizó varias versiones de un tema particularmente apreciado en los círculos acedémicos durante todo siglo XVIII) se ofertó desde la colección La Boixière de París a la gran pinacoteca sajona  - donde, como subraya Winckelmann, el cuadro de historia se hallaba escasamente representado - no llegó a adquirirse, para disgusto de su amigo Oeser. Es muy probable que la fuente de la descripción fuera algún grabado de la versión que realizó Lairesse hacia 1676, (Stechow 1945), y que habría de comprar la margavina Carolina Luisa von Baden, gran coleccionista de pintura holandesa y francesa (Staatlichen Kunsthalle, Karslruhe). El hecho es que, de forma recurrente, el prusiano habría de experimentar con distintas modalidades o protocolos de descripción ya fuera autónoma o contextual y la écfrasis del cuadro de Lairesse representa en toda su obra la más extensa y sensorial entre las dedicadas a la pintura.



Gerard de Lairesse, "Antioco y Estratónice" (1676). Staatliche Kunsthalle, Karsruhe

                  A propósito del color en el lienzo de Rafael, Winckelmann anota un breve comentario desde el presente de la escritura y que concierne al precario estado de conservación en que se hallaba la pieza (Stübel 1926, Heres 1991). La écfrasis representa también la reconstrucción ideal de un cuadro por entonces difícilmente legible, cuyas calidades se mostraban muy atenuadas debido a los efectos de su larga historia como pieza de altar de la iglesia monástica y a una mala restauración. Señala que el paso del tiempo había marchitado el esplendor originario y desleído sus vivos colores, totalmente ausentes - como la luz o el volumen - de una descripción que no es solo descolorida, sino carente por completo de color y pictoricidad. También se diría que el cuadro, sin valores plásticos, se percibe en cierto modo en términos de planitud ante la sobrevaloración del noble contorno. Dentro de una visión esencialista, en Winckelman este último trasciende e implementa la noción vasariana de disegno que circunscibe el cuerpo y determina la silueta, aportándole nuevos valores cualitativos de elevación y grandeza. El noble Kontur, previamente examinado en otra sección de los Gedanken como categoría estética que purifica la forma, desempeña en la interpretación del lienzo una función primordial. 

                        De otra parte, y a diferencia de la descripción de Laocoonte en el mismo ensayo y en la misma sección, en la hermenéutica del cuadro no se vale del apoyo o del complemento erudito (Winckelmann, que previamente menciona a Giorgio Vasari como autoridad a propósito del valor estilístico de la obra, difícilmente recogería la breve anotación del biógrafo sobre la Madonna Sixtina, "cosa veramente rarissima e singulare"). En el pasaje propiamente descriptivo, elude cotejar o ilustrar la imagen con cualquier texto. 

El énfasis puesto en determinados valores y en detrimento de otros, representa una selección que conecta con lo que Winckelmann señala más adelante en los Gedanken sobre la pintura antigua: "a los pintores griegos se les atribuye el dibujo y la expresión, y eso es todo: ni perspectiva, ni composición ni colorido". 

En el autor, la limitada estimación de la pintura antigua, conocida por entonces solo a través de contados testimonios romanos (durante el Grand Siècle francés el gran y casi único referente había sido las Bodas Aldobrandinas), es la propia del tradicional posicionamiento de los Modernos, comenzando por Charles Perrault, quien ya recogía deficiencias similares y consideraba a los artistas de Luis XIV infinitamente superiores (Lecoq 2010). 

Winckelmann se sitúa así en polo opuesto del poeta y traductor de la Ilíada Alexander Pope (1688-1744). Dentro del célebre debate sobre el Escudo de Aquiles que había mantenido aún plena vigencia durante las primeras décadas del siglo XVIII, en los comentarios sobre la descripción homérica de la fabricación de las armas (Hoplopoía), las "Observations on the Shield of Achilles" (1720), Pope se muestra defensor de los valor de la pintura entre los antiguos (perspectiva aérea incluida). Para el gran representante del clasicismo inglés, que muestra una clara adhesión a la doctrina horaciana de ut pictura poesis, ya Homero poseía "a full and exact idea of painting en all its parts", conforme en todos sus aspectos a las reglas de la modernidad. Los escasísimos restos de pintura romana conocidos en su tiempo, que para Pope en nada desdecían de los avances modernos, así lo confirmaban. Winckelmann en cambio llegaria a cuestionar el tradicional parangón y habría de concebir nuevos términos comparativos: la pintura sería a la retórica como la escultura a la poesía.

          Atento desde Dresde a las excavaciones borbónicas de Herculano, por entonces más adelantadas que las de Pompeya, poseía en este último terreno mucha más información que Pope, si bien su juicio sobre los murales vesubianos. que obviamente por entonces  no había contemplado, se vio condicionado por la valoración peyorativa de la pintura mural en Vitrubio y Plinio el Viejo. Las carencias de una pintura que como señala explícitamente no podía ser calificada como griega (basándose  esencialmente en Plinio, en el estudio se reconoce la supremacía de esta última, que no había sido inferior a la estatuaria: de ahí la frecuente referencia a sus grandes maestros de la Grecia Clásica en contextos de parangón) en buena medida se extienden a los relieves antiguos, que tampoco le merecen gran consideración: en Winckelmann escultura es sinónimo casi exclusivo de estatuaria.

       Los pasajes dedicados a la Madonna se cierran con un juicio estilístico de carácter comparativo donde en clave de elogio señala precisamente lo que es por completo ajeno al maestro: en vano buscar en esta y otras obras del gran Rafael las pequeñas bellezas (die kleine Schönheiten) propias de los pintores holandeses, tan estimadas en su tiempo pero que Winckelmann ante la grandeza de la Madonna Sixtina y de otros cuadros del maestro juzga triviales: la ejecución meticulosa de un Caspar Netscher o un Gerrit Dou o las carnaciones marfileñas de un Adriaen van der Werff, o incluso también la manera relamida de algunos italianos contemporáneos que no menciona. Los pintores holandeses citados, seiscentistas o que todo lo más alcanzaron los comienzos del XVIII, estaban bien representados en la pinacoteca real de Dresde (varios de los cuadros de estos artistas habrían de desaprecer como consecuencia de los catastróficos acontecemientos de 1945). La confrontación de Rafael con estos maestros no supone en Winckelmann una descalificación global de la escuela neerlandesa: ya se ha señalado su admiración hacia el el cuadro de Lairesse y en los Gedanken afirmará el progreso que representaba el paisajismo holandés - tan valorado durante el siglo XVIII entre los coleccionistas de la Europa trasalpina - en tanto que destacada aportación técnica y perceptiva de la pintura moderna, particularmente en la ejecución del celaje, "más denso y más húmedo". Baste con recordar la más que destacada presencia del paisaje holandés en los grandes museos alemanes de Historia del Arte.

De forma recurrente y con distintos propósitos, Wickelmann utiliza tanto la similitud como la desemejanza a traves de todo el ensayo, sea en el ámbito descriptivo como en el no descriptivo. Y dentro del estudio, las contadas si bien llamativas descripciones en sí mismas no representan una finalidad: desplegadas estratégicamente con intención ejemplar, obedecen a un medio o a un modo de ilustrar el paradigma teórico y se intercalan en un texto cuyo objetivo primordial no es la reflexión ecfrástica en sí misma (Winckelmann nunca pretendió ser un Filóstrato) sino la crítica y la corrección del gusto artístico dominante en su tiempo.

                La corriente neorrenacentista de la Ilustración muestra en pintura una llamativa  preferencia por la escuela romana y reconoce en el estilo de Rafael su gran modelo, basado en un ideal de belleza que trasciende la materia sensible y recrea el arte sublime de los antiguos griegos. El juicio sobre el gran maestro de Urbino que previamente Winckelmann expresa en la sección de los Gedanken sobre naturaleza y arte, se muestra muy congruente tanto con la descripción mediadora de la Madonna con respecto al modelo antiguo como con la valoración del pintor renacentista propia de su tiempo:

Er würde vielleicht mehr Mannigfaltigkeit, größere Gewänder, mehr Kolorit, mehr Licht und Schatten seinen Gemälden gegeben haben: aber seine Figuren würden dennoch allezeit weniger schätzbar hierdurch, als durch den edlen Kontur, und durch die erhabene Seele, die er aus Griechen hatte bilden lernen, gewesen sein

Acaso hubiese conferido a sus cuadros una mayor variedad, más amplios vestidos, más colorido, más luz y sombra; pero sus figuras, sin embargo, siempre habrían sido menos valiosas por ello que los nobles contornos y el alma sublime que los griegos le habían enseñado a representar.

     Incluso en el preámbulo a la écfrasis, el parangón con el Cupido praxitélico de Tespia anticipa en La Sixitina la aureola clásica. Descrita como una escultura incolora de la antigüedad  - o como un grabado-  la interpretación de la célebre obra en Winckelmann, aunque no obtuvo una particular aceptación inmediata (Pfotenhauer 2001), supuso con posterioridad una considerable aportación al culto europeo a Rafael y la descripción, primer reconocimiento del extraordinario valor de la Madonna en la literatura artística germana, habría de abrir precisamente en Alemania una larga tradición literaria de confrontación con el cuadro que culminaría durante el Romanticismo (Stübel 1926, Ebhardt 1969, Hennig et al. 2012).

    Pero también, tras su interesada adopción del catolicismo (aún consciente de que se trataba de un paso audaz, Winckelmann solo vio la conversión como un medio para lograr un fin)  (Potts 1994,  Wangenheim 2017, von Hase 2017), ya instalado en Dresde en el mismo inmueble donde vivìa su amigo el pintor y escultor Oeser, a fines de 1754 tuvo ocasión de contemplar algunas esculturas de la Antigüedad. 

             Entre estas últimas (la inmensa mayoría réplicas romanas de originales griegos), escasísimas piezas pudo examinar de la gran colección regia que contaba con más de 200 estatuas antiguas, en su mayoría adquiridas en Roma en 1728 por Augusto el Fuerte de las colecciones Chigi y Albani. Por entonces se hallaban casi todas embaladas y almacenadas en cobertizos y en un pabellón del Gran Jardín del Palacio Real, "visibles pero no para ser contempladas", recordaría con espíritu crítico Winckelmann en 1763: la prestigiosa colección de pintura siempre suscitó en la corte de Dresde una atención incomparablemente mayor que la de estatuaria antigua. No obstante llegó a observar con mayor o menor detenimiento junto con el Retrato de Caracalla, la Pseudo Agripina y en particular las estatuas de las tres Herculanesas, colocadas de forma más conveniente y accesible y que habían sido incorporadas con posterioridad al grueso de la colección (Knoll  2008, 2017).  

   El que en los Gedanken deje de lado las restauraciones relativamente evidentes que habían experimentado las contadas esculturas que observó (lo que le llevó a cometer algunas equivocaciones), no habla en favor de un examen particularmente riguroso in situ. Más importante que el número exiguo de piezas inspeccionadas con mayor o menor detenimiento, parece haber sido el potencial analítico, descriptivo y paradigmático que le sugirieron y que habría de reorientar el planteamiento del escrito, por entonces seguramente in nuce. ¿Por qué seguir a rajatabla los parámetros académicos y otorgar tan pronunciada preferencia a pintura moderna en el campo de observación de un ensayo dedicado a la emulación del arte antiguo? 

                           En las secciones consagradas al contorno y al drapeado, de forma un tanto abrupta o inesperada, la pintura y la crítica pictórica se relega para retomarlas más adelante a propósito de los murales romanos y luego de la alegoría: el ensayo experimenta un viraje hacia en la hermenéutica de la estatuaria antigua valiéndose de las escasas piezas de la Colección Real que pudo contemplar, junto con el Laocoonte, reinventado en los Gedanken de Winckelmann sin confrontación visual con la celebérrima escultura. Como se verá en otra entrada, en esta sección otorga particular relevancia las Herculanesas, examinadas bajo diversos punto de vista: mérito histórico arqueológico, descripción, análisis, normatividad. 

El valor cualitativo de las estatuas de Dresde, cuya importancia Winckelmann siempre reconoció  - "el mayor tesoro de las antigüedades (fuera de Italia) está en Dresde" escribiría en 1763 - contribuyó de forma decisiva a reorientar al letrado hacia un camino de indagación de largo recorrido donde el estudio de la estatuaria clásica se haría con mucho preferente. Y ante todo, bajo el prisma en principio empírico de la experiencia visual (Komm und sieh), tan intensificada en Roma. Desde allí en 1756 en una carta dirigida a su amigo J. M. Francke habría de reconocer las carencias y limitaciones de los Gedanken en este ámbito. Ni tan siquiera la descripción del Laocoonte, una de las piedras angulares del ensayo, había obedecido al conocimiento directo y a la confrontación visual con la obra, sino a la utilización de diversas transposiciones mediales (textos antiguos y modernos, grabados, tal vez alguna reproducción tridimensional a pequeña escala). 

Ich habe erfahren, daß man halbsehend von Alterthümern spricht aus Büchern, ohne selbst gesehen zu haben; ja, ich habe verschiedene Fehler eingesehen, welche ich begangen habe.

He aprendido que en los libros se habla de antigüedades a medias, sin haberlas visto en persona; sí, he visto diversos errores que he cometido.

En el pasaje epistolar plantea así la dicotomía entre el leer y el ver en términos de aparente antinomia entre un conocimiento intelectual y libresco y otro sensitivo (Décultot 2003, 2016, 2020), Cuando la mirada, la percepción directa de la forma en Winckelmann (frente al juzgar sin ver) no obedece a una sensorialidad neutra, sino filtrada y educada por el gusto y el estudio multidisciplinar, incluido un amplio espectro científico, como los saberes de historia natural, anatomía, medicina o biología (Décultot 1999; Cometa 2019). 

En los trabajos romanos la experiencia de la autopsía, práctica visual siempre culturalmente condicionada, habría de convertirse en requisito de la descripción y del juicio artístico. Tal ejercicio visual debe ser reiterado: la primera vista es insuficiente puesto que puede crear una sensación impactante pero a un tiempo una percepción errónea de la estatua contemplada. En términos de I. Verstegen, trata de priorizar lo presentacional, lo directamente aprehendido, sobre lo representacional, mediatizado por la utilización o la reminiscencia de otras fuentes (Verstegen 2019).

   La precaria situación laboral, el menguado salario que había obtenido en Noethnitz junto con las muy limitadas posibilidades de promoción en la corte (como lo había demostrado el fracaso de su primer trabajo descriptivo), debieron condicionar en buena medida la particular atención hacia las esculturas antiguas de Dresde (como también hacia la recién llegada Madonna de Rafael), unida a la esperanza de lograr el subsidio del Príncipe Elector, a la expectación de un patrocinio que habría de permitirle trasladarse e instalarse en Roma. Allí, junto con el cumplimiento de un anhelo estético y particularmente visual, le aguardarían nuevas y anheladas oportunidades de arraigo profesional y reconocimiento social. 

En una carta dirigida a su amigo H. D. Berendis y fechada a fines de julio de 1955, ya a punto de partir para Roma, en Winckelmann la despedida del Electorado Sajón y con él de Alemania deja un lastre de amargura retrospectiva en el que no desea ahondar. Por ello, dice olvidar con gusto su patria (que por entonces consideraba transferida de Prusia a Sajonia) y al tiempo reafirma la confianza en la libertad y la amistad, las dos convicciones existenciales que asegura haber sido su gran finalidad en todo. Una vez atrapada la libertad (una emancipación bien relativa: propia de un becario, la asignación real sería exigua y temporalmente condicionada y en Roma le aguardaban nuevas relaciones de patrocinio y dependencia, allí con los Príncipes de la Iglesia), en el futuro espera disfrutar de la amistad sin cambios, sin variación.

                              A través del intercambio epistolar, medio de comunicativo clave en la Aufklärung, Winckelmann seguirá en contacto con sus amigos alemanes y particularmente con los que conoció en Halle y Sajonia. Y con el transcurrir del tiempo, habría de surgir en su espíritu una añoranza germana que no dejaría de acrecentarse ante el reconocimiento internacional de su labor en tantos campos. Sajonia y Prusia eran el destino de su último viaje, fatalmente fallido. El retorno a la tierra natal desde Roma, la que fuera tierra prometida (donde sin embargo, como subrayaría J. G.Herder, vivió y escribió como alemán), representó un proyecto frustrado. En el camino Winckelmann se sintió enfermo, cayó en un estado de extrema melancolía. Llegado a Ratisbona, canceló el viaje y de regreso a Italia se dirigió a Viena, donde fue recibido por la Emperatriz María Teresa y como distinguido invitado obsequiado con las célebres medallas conmemorativas en oro y plata (Callegher  2019). De la capital imperial, a Trieste.

Tal vez durante el trayecto hacia Alemania, atravesando la barrera alpina, la nostalgia entró en conflicto con la memoria de pobreza, auxilio, arduo trabajo y dependencia que había marcado tan negativamente "la primera y más hermosa mitad de la vida", la misma memoria a la que refiere como honda pérdida en la carta a Berendis. Aunque no representara el objetivo primordial del viaje (las diferencias con la pujante corte prusiana habían quedado atrás) el reencuentro con los viejos amigos ya nunca sería posible.  

                                   

Antonio Rafael Mengs, Retrato póstumo de medio cuerpo, muy austero y alusivo, de su amigo J. J. Winckelmann representado como lector de la Ilíada (h.1777). Metropolitan Museum of Art. Nueva York

 Mein Vaterland vergesse ich gerne, wo ich wenig Vergnügen gefunden habe, und da die erste schönste Hälfte meines Lebens in Kummer und Arbeit vergangen, so will ich auf den schlechteren Rest kein Absehen von Weitläuftigkeit richten. Freyheit und Freundschaft sind beständig der große Endzweck gewesen, der mich in allen Sachen bestimmet hat: die erste habe ich erjaget: und durch diese kann ich hoffen, die andere künftig ohne Abwechslung zu genießen.














martes, 18 de octubre de 2022

El retrato femenino del Helenísmo. Rasgos generales e inicios áticos

 

         Un problema central del retrato femenino durante el periodo Helenístico radica en el propio reconocimiento específico como género artístico que en buena medida depende de lo que se entienda, se perciba y conceptúe como retrato. Si se juzgara conforme a los cánones estéticos modernos y contemporános -al menos hasta las Vanguardias y Posvanguardias - la mayor parte de figuraciones individuales de mujeres de aquel tiempo obedecería a una categoría negativa y paradójica de no retrato, puesto que la intención de las imágenes no se concentra en la similitud y la expresividad particular. Al igual que en la representación de diosas, en las efigies femeninas helenísticas los pormenores fisonómicos individuales y la expresión propia (por no hablar de la introspección sicológica) poseen muy escasa relevancia. Con lo cual a menudo las imágenes personales (rara vez singulares e irrepetibles en su apariencia) presentan tal grado de equivalencia y homogeneidad que en cierto modo las hace casi intercambiables. 

      A partir de una cabeza disgregada o del fragmento de un rostro estatuario de mujer, frecuentemete surgen incertidumbres sobre la identidad de la imagen representada: ¿Una divinidad mayor? ¿Una musa? ¿Una alegoría? ¿Una sacerdotisa?¿Quizá el eikón de una esposa, madre o hija perteneciente familia prominente? Tal indeterminación se halla ausente en la caracterización del retrato masculino de aquel tiempo, retrato biográfico portador de una variada tipificación expresiva. Difícilmente se confundirían los rasgos fisonómicos de la estatua de un filósofo estoico con la efigie de un dios o de un monarca. No obstante la estandarización expresiva tampoco fue ajena por completo al retrato masculino helenístico: determinadas fórmulas recurrentes, a menudo patéticas, sugieren unos valores personales bien distintos de los socialmente asignados al conjunto de las mujeres: numen divino, capacidad de acción y liderazgo, autodominio y concentración extremos, emulación heroica (Stewart 1993, Zanker 1996).

Pero también ante una estatua femenina acéfala de cuerpo completo -tan habituales en el corpus conservado - pueden aflorar incógnitas sobre el estatus divino o mortal de la imagen. En cierta medida depende de las características de la indumentaria, que en la representación de diosas como Atenea, Hera  o la propia Ártemis (sea como potnia o como cazadora) tiende a ser más conservadora, a adoptar patrones tradicionales, como el uso del peplos, prenda anacrónica y de empleo ceremonial durante el Helenismo, cuado no predominan los retratos escultóricos con atuendo de peplófora. Pero las distinciones en este aspecto tampoco son determinantes ni generales: una sacerdotisa puede vestirse, revestirse con una indumentaria ritual similar a la figura, al ágalma de la diosa a la que consagra su servicio. Incluso tal vez simplemente como signo de eusebía hacia una determinada divinidad, independientemente del estatus de la efigiada. El retrato de Megiste, procedente de El Pireo, proporciona un buen ejemplo.

Fig,1. Retrato femenino procedente de El Pireo dedicado a Afrodita y a la Madre de los Dioses por Megiste 146/5 a.C. Muy probablemente retrato de la propia Megiste (durante el Helenismo la autodedicación femenina por parte de mujeres de estatus tampoco resulta excepcional), donde la efigiada se muestra con proporciones esbeltas, en composición chiástica y revestida con fina túnica muy ceñida sobre el torso y un manto drapeado de material más denso. Este último, que Megiste sostiene y tal vez coloca con su mano derecha, se dispone  frontalmente sobre el hombro y bajo las caderas, donde forma un elegante sector trapezoidal de pliegues que eluden el recargamiento. La disposición del himation , que no recubre buena parte de la túnica, permite apreciar las formas sensuales del torso juvenil  (pecho y estómago) bajo el chitón ceñido, casi traslúcido. Fuera o no sacerdotisa. el encanto que emana de la estatua se muestra congruente con la representación de la imagen de una devota de la diosa Afrodita, divinidad de la cháris, con la que el retrato procura crear un parangón más que una imitación. 

A diferencia de otros ámbitos geográficos y culturales, durante el Helenismo la imagen de Afrodita total o parcialmente desnuda no gozó de aceptación en el Ática, donde siguiendo la tradición clásica de la segunda mitad del siglo V a.C.,  la estatuaria representa a la diosa decorosamenete vestida, siendo los efectos de la drapería lo que aporta valores sensuales, como si la ropa, ingeniosamente desplegada acrecentara el atractivo femenino. El retrato posee paralelos muy envidentes en algunas de las múltiples esculturas helenísticas de Afrodita realizadas en mármol y en múltiples formatos halladas en el Ágora de Atenas (Stewart 2012).  La ejecución de la estatua, pronunciadamente frontal, muestra un acabado muy apurado, dentro del estilo pulido que caracteriza la estatuaria helenística en el Ática, que  en comparación con otras escuelas y corrientes obedece a de gusto casi neoclásico. Como es habitual en el ámbito retratístico, la figura va calzada con sandalias bien perfiladas. En El Pireo existe constancia de un santuario consagrado a Afrodita Urania fundado en 333/2 a.C. por mercaderes chipriotas de Citio. Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Foto G. E. Coronaios

    Junto con la inscripción, decisiva en el reconocimiento del personaje, y en mucho mayor medida que el rostro estereotipado (común a diosas y mortales), es el código del atuendo (Barthes 2005) y muy en particular el uso, la forma de portar y manejar el ropaje (muy a menudo como gesto de reserva) lo que imprime una determinada identidad al personaje femenino representado, connotándolo como retrato en base a determinadas apariencias envolventes que adoptan valores gestuales diferenciados en correspondencia con la actitud de los cuerpos subyacentes bajo el ropaje. De modo abrumador en los retratos de mujeres domina el chitón recubierto por el himation,  prendas de otra parte muy presentes también en estatuas de diosas durante el Helenismo. A título de ejemplo, la imagen en mármol pentélico de  la diosa Temis (Fig. 5) hallada en el templo menor del santuario de Ramnunte (Ática), 

 Por regla general, los retratos femenios suelen obedecer a un formato próximo al natural, más humanizado y cercano. El tamaño de las estatuas retratísticas posee un valor de criterio de diferenciación relativamente operativo. El gran formato colosal, con mucho el menos abundante, se reserva a determinados retratos escultóricos de reinas, a menudo divinizadas y objeto de culto póstumo. Pero las efigies de las soberanas pueden adoptar  muy distintos tamaños. 

En relación con el formato, ya desde sus orígenes las célebres tanagras helenísticas, predominantemente femeninas, si bien de modo ocasional pudieron inspirarse en retratos escultóricos, obedecen a la pequeña plástica en terracota, al microformato, y carecen de intención propiamente retratística. Sobredimensionando una charis genérica, al menos en términos generales no pueden valorarse como réplicas a pequeña escala de retratos femeninos, si bien participan de algunos de los caracteres formales, como el protagonismo y el efecto, a veces tan artificioso, de los ricos y sofisticados ropajes (Rumscheid 2008) o la relevancia de la policromía, indispensable teleion de las imágenes.

El arranque del retrato femenino en el Ática y sus vínculos sagrados

    Existe constancia literaria y epigráfica de que Praxíteles y sus discípulos cultivaron el género retratístico en estatuas tanto de mármol como de bronce. El gran maestro ático, cuyas efigies de su amante la cortesana Frine en Delfos y Tespias fueron particularmente célebres, así como sus hijos Cefisodoto II y Timarco, dominaron la producción de retratos en Atenas en el transcurso de la segunda mitad del siglo (Schultz 2003, Ajootian 2014). Entre otros retratos femeninos de Praxíteles, aparte de las polémicas efigies de Friné, cabe mencionar el de Chairipe de Cefisia, sacerdotisa de Deméter y Koré, quien desempeñó en Atenas un cargo religioso de la mayor relevancia y prestigio. Del retrato perdido de Chairipe, en esta ocasión dedicado por sus hermanos (adelphoi), queda la inscripción firmada por el artista, hallada en Monastiraki durante la construcción de la estación metropolitana. En origen cabe pensar que por congruencia este retrato monumental, ofrendado por una familia pudiente cuya activa presencia en la vida pública ateniense es conocida gracias a otras inscripciones, se emplazara en el Eleusinion, ubicado en la pendiente noroeste de la Acrópolis, junto a la Vía Panatenaica que lo bordeaba, en el moderno barrio de Plaka (Miles 1998). En este último ámbito sagrado se consigna el testimonio epigráfico de otros retratos femeninos de Praxiteles ofrendados a las Dos Diosas y probablemente como el de Chairipe ejecutados en bronce, si bien no se trataba de sacerdotisas (Ajootian 2014). En el ágora cabe mencionar finalmente el retrato dual con las estatuas de Cleiocrateia y su esposo Spudias del que tan solo se conserva el pedestal sencillamente moldurado; bajo la imagen femenina ausente, la firma de Praxíteles acompañada del habital epoiesen (Harrison 1960).

         El retrato hallado en el Erecteo de una sacerdotisa de Atenea Polias (h.330 a.C.) firmado por Cefisodoto y Timarco, del que, como en la inmensa mayoría de los casos, solo queda la basa con el epígrafe, representa un ejemplo de colaboración de los hermanos en un trabajo conjunto. Dedicación de carácter privado, se trataba de la efigie  de una oficiante sobrina de Licurgo. Nada tiene que ver con la ofrenda posterior en el mismo templo - convertido en epicentro cultual de la Acrópolis, el Erecteo albergaba la imagen más venerada de todo el santuario: el ágalma en madera de Atenea Polías- de un grupo escultórico familiar encargado a Cefisodoto y Timarco por parte de Habron, hijo mayor del hombre de estado (Plu.Mor.843 E- F). Ejecutado en madera como signo arcaizante y gesto de respeto hacia tradiciones religiosas ancestrales, en el retrato grupal de Licurgo y sus tres hijos no se consignan imágenes femeninas del oikos eteobutada (Hinzen-Bohlen 1990). Además de sacerdotisas de Atenea Polias, la familia proveía al santuario de sacerdotes consagrados a Poseidón- Erecteo, cargo que ejercieron al menos dos de los hijos del mandatario. También a ambos escultores se atribuye la ejecución conjunta del célebre retrato tardío en bronce del comediógrafo Menandro (h. 290 a.C.), contemporáneo de los artistas, conocido a través de multiplés réplicas y que figuró entre los nuevos retratos de dramaturgos en el Teatro de Dioniso Eleuterio (Vorster 2013, Schmidt 2014).

     Escasamente representadas en el espacio cívico del Ágora (centro neurálgico multifuncional y lugar más frecuentado de la polis), las dedicaciones de retratos femeninos de miembros de familias aristocráticas tuvieron en el santuario de sacralidad compartida un lugar preferente, lo que representa una novedad del siglo IV a. C. dentro un témenos sin tradición de esculturas sacerdotales.También en la Acrópolis se halló la basa inscrita firmada por Cefisodoto de un retrato de Filoumene ((Matthaiou 1994), hija de Leóstenes, comandante ateniense de mercenarios, que contó en la colina sagrada con una efigie póstuma. Un decidido opositor a la ocupación macedonia y protagonista de la fracasada Guerra Lamaica (323-322 a.C.) en la que habría de perder la vida, Sin embargo por razones paleográficas la incripción del retrato de Filoumene se data en torno a 340 a. C., cuando Leóstenes no desepeñaba en la ciudad cargo alguno y se desconocen las circuntancias de la ofrenda.

 Mas los hijos y discípulos de Praxíteles, y en particular Cefisodoto,  al igual que su padre contaron también con encargos de retratos femeninos fuera de la ciudad. Así, las estatuas de las poetisas Anyte de Tegea y Myro de Bizancio, realizadas en bronce hacia el fin del siglo por Cefisodoto (artista de mayor relieve que Timarco) para el Asclepeio de Naupacto en la Lócride Ozolia. Dos célebres poetisas contemporáneas del escultor cuya fama, y pese a los prejuicios generalizados hacia las mujeres escritoras (en el mundo griego el módulo de la poesía siempre fue masculino), rebasó el ámbito local de sus ciudades de origen. Sobre las circunstancias de la ofrenda del retrato de Anyte, ejecutado por Cefisodoto en colaboración con Euticrates, discípulo de Lisipo. 

En el cierre de la Periégesis, Pausanias aporta una información de interés sobre las circuntancias del retrato de Anyte en Naupacto: pudo obedecer a una dedicación particular de Falesto, fundador del santuario, como seña de agradecimiento hacia la poetisa (Paus.10.38.13).  Conocidos tan solo a través del apologeta cristiano del siglo II d.C. Tatiano (Tatianus, Ad Gr. 33.11.22), debieron terminar en Roma, junto con otros retratos de poetisas que el autor recoge con intención polemica y peyorativa a modo de listado acompañado de la autoría de las estatuas y con algún comentario poco favorecedor sobre los personajes representados. En el pasaje Safo es calificada de hetera, Praxila de Sición, efigiada por su compatriota Lisipo, no había aportado nada en sus escritos.

 La relación tipológica de los dos retratos con las Herculanesas de Dresde supone una propuesta tan sugestiva como conjetural. En cuanto a la presencia de Cefisodoto en Naupacto seguramente tuvo lugar durante el mandato ateniense de Olympiodoro, quien procuró el acercamiento a la Liga Etolia en busca de aliados contra Casandro.               

                    Cabe recordar la actividad como retratista de otro escultor ático a caballo entre el clasicismo tardío y el primer helenismo: aparte de la actividad consignada en la Acrópolis, particularmente destacado fue el grupo estatuario de carácter  familiar y dinástico que Leocares ejecutó para el Filipeo de Olympia hacia 336 a.C. (Schultz 2014), abiertamente jerarquizado. Dispuestas en el interior del monumento sobre una basa semicircular, en él figuraban efiges - a decir de Pausanias, criselefantinas - tanto de hombres como de mujeres pertenecientes a casa real macedonia (Paus.5.20, 9-10). Eurídice y Olimpia, respectivamente madre y esposa de Filipo, aparecían situadas situadas en los extremos de la basa. Espacialmente jeraquizadas, pero como parte integrante de la imagen dinástica (Carney 227). Seguramente y conforme a lo que parece una tradición de la casa real macedonia, pudieron ser representadas como austeras peplóforas y estilísticamente interpretadas en clave aticista. El desplazamiento que consigna Pausanias al templo de Hera de ambos retratos femeninos  plantea incógnitas, incluso sobre la propia identidad de Eurídice (Palagia 2010): en tiempos del Periegeta en el Filipeo solo figuraban las tres estatuas masculinas (Amyntas III, Filipo II y el joven Alejandro), los retratos femeninos habían sido relegados del monumento. 

        A partir del estudio de los plintos de las estatuas, dispuestos sobre el elevado zócalo semicircular, hoy se considera que los retratos del Philipeion fueron ejecutados en materal pétreo, en mármol de Paros: las cavidades de los plintos indican que montaje de las estatuas fue ajeno al que caracteriza las esculturas criselefantinas.(Lapatin 2001). Pausanias no parece haber realizado la autopsía detallada del interior del monumento que publicitaba en Olimpia la victoria de Queronea: la thólos conmemorativa inspiraría al Periegeta escasa simpatías, dada su hostilidad hacia la actuación histórica de Filipo II. O bien simpemente no prestó particular atención al acabado de las estatuas y se dejó guiar por voces locales mal informadas o interesadas en sobrevalorar el monumento. Tal vez las efigies se mostratan en parte sobredoradas (quizá en sus ropajes) lo que unido a la tonalidad clara del mármol de Paros empleado en las carnaciones, pudieran crear a primera vista  un efecto similar a las prestigiosas estatuas criselefantinas (Eckstein 1987).

A diferencia de Leocares, no se tiene noticia alguna de realizaciones retratísicas ni de otra naturaleza  para la dinastía argéada tanto por parte de Praxiteles como de sus hijos. Lo que parece denotar un posicionamiento antimacedonio de la familia de escultores atenienses, que de otra parte gozó en la ciudad de una posición social notable.

Gestión de lo sagrado y capitalización familiar

       Dentro de la destacada función de las mujeres en la religión pública, a decir de Christiane Sourvinou-Inwood - con cierto optimismo -incluso preeminente (Sourvinou-Inwood 993), las estatuas de sacerdotisas, función que permite a la mujer griega distinguirse públicamente (Biard 2017), obeedecen a una modalidad retratística peculiar. Muchas de ellas fueron efigiadas de forma autónoma, no como parte de un grupo familiar caracterizado por la relación de συγγένεια. 

Habiendo naufragado en el tiempo, la inmensa mayoría de estas estatuas retratísticas son conocidas a través de las correspondientes inscripciones dedicatorias sobre la basa o  bien el  pedestal del monumento, elemento constitutivo esencial del retrato. Estas últimas suponen documentos muy explícitos sobre la actuación y visibilidad de las mujeres en la esfera civico religiosa de la comunidad, en un ámbito estrictamente público de extraordinaria relevancia en la polis griega, donde la religión y el ritual lo impregna todo: como afirma Connelly, el modelo binario sagrado/secular representa una construcción moderna de escaso valor operativo en el estudio de la sociedad griega (Connelly 2007). Frente a la pluralidad terminológica con que se designa lo sagrado, en el mundo griego ni tan siquiera existía un vocablo específico para nombrar lo profano. 

De los cuerpos que se erigían sobre la basa inscrita han llegado al presente contados ejemplares y en estado de conservación precario. La inmensa mayoría, ejecutados en mármol. Fueran o no sacerdotisas, los ejemplos preservados de retratos de mujeres realizados en bronce (eikón chalké), que a juzgar por las hendiduras de ensamblaje de las estatuas en muchas basas tuvieron una considerable presencia, son bien contados en todo el ámbito helenístico.  

En la identificación de estas figuras como imágenes sacerdotales la existencia de atributos distintivos resulta primordial, sean signos de guardiana del dominio sagrado y de autoridad administrativa o bien de carácter ritual. En paricular, las llaves: imágenes de kleidoukhoi se hallan persentes en múltiples estelas funerarias áticas del siglo IV a. C.) (Karatas 2019).  Pero tambien los atributos sacrificiales (la phiale, que sin representar una peculiaridad especifíca es sin duda muy apropiada en las imágenes sacerdotales, los incensarios, cuchillos e incluso vísceras de animales), posibilitan un reconocimiento incuestionable de la función religiosa de la efigiada (sea como sacerdotisa o bien como diácona) dentro y fuera de Atenas. 

    Como diácona recoge Pausanias en la descripción de la Acrópolis el retrato de Euéris, seguramente efigiada como ancina, sierva de la sacerdotisa Lysímaca y de menor escala que la estatua de su señora que en cambio el Periegeta no menciona pese a su celebridad (Paus. 1.27.4). ¿Se hallaba la escultura de Lysímaca por aquel entonces en la Acrópolis o sólo quedaba la basa? De la acólita Euéris se conserva el pedestal en forma de pilar con la inscripción dedicatoria y firmado por el escultor Nicómaco, activo en Atenas durante la primera mitad del siglo IV a. C. (Keesling 2012). Como es habitual en su obra, en la colina sagrada Pausanias confiere prioridad absoluta a los retratos de hombres ilustres unidos al devenir político de las ciudades.  

 Lejos de representar la norma, el estatus cívico religioso de las sacerdotisas las convierte en un grupo aparte dentro de la comunidad, cuyas importantes competencias creaban cierto grado de simetría entre hombres y mujeres en la esfera ritual (Siekierka et alt. 2021),  sin representar una plena equiparación. Ejercían un cargo público que comportaba diversas esferas de actuación en el ámbito del santuario (incluida la gestión financiera) y del ceremonial colectivo (no obstante, no les correspondía presidir la mayoría de grandes procesiones cívico religiosas). Contaban con asistentes de su mismo sexo y gozaron de autoridad, privilegios y honores cívicos, como un asiento preferente en la proedria del teatro o incluso a juzgar por algunos relieves votivos y funerarios, la posible coronación pública, pero permanecen como excepción entre el común de las mujeres de aquel tiempo (Connely 2007). Sin embargo no se equiparan a los ciudadanos en derechos esenciales, como el resto de las mujeres atenienses fueron no ciudadanas. Así, y a diferencia de los sacerdotes, les estaba vetado el comparecer solas ante una asamblea: fuera cual fuera el motivo (por ejemplo, la rendición de cuentas concernientes al santuario), las sacerdotisas debían contar siempre con la representación de un κύριος, un miembro masculino de su oikos,que actúaba como tutor (Augier 2015) y tomaba la palabra en su nombre. Los testimonios epigráficos así lo afirman (Horster 2010) y en última instancia, demos y boulé decidían sobre todos los asuntos concernientes al culto y a la religión, como la incorporación de nuevas divinidades al panteón de la ciudad y obviamente supervisaban la gestión económica de los santuarios.

    Pero incluso con carácter auxiliar, la participación directa en la organización del ceremonial sagrado comunica eusebia y prestigio social: de ahí que muchas inscripciones indiquen la actividad y el estatus religioso de la efigiada en tanto que subsacerdotisa o joven canéfora. En Atenas proliferan los retratos de niñas arréforas, aprendices y con el tiempo maestras del tejido sagrado (ergastinas) efigiadas a partir de mediados del siglo III a.C. en estatuas de bronce dedicadas en la Acrópolis por sus familiares, representaciones infantiles asociadas al culto y al ritual, pero con carácter subalterno. Estas nuevas ofrendas deben obedecer en buena medida a la imitación de prácticas honoríficas propias de la aristocracia por parte de clases mesocráticas enriquecidas, una tendencia que que irá acrecentando en la colina sagrada hasta fines del Helenismo. Por contraste, a partir de esa data, disminuyen drásticamente las dedicaciones de retratos de sacedotisas en el recinto sagrado hasta época bien tardía ( Donnay 1997,Van den Hoff 2003, Keesling 2014).

La ofrenda de un retrato en un témenos representa un privilegio y comporta aprobación pública y oficial, lo que no significa que necesariamente lo decrete la polis. Con ello, la dedicación suponía la afirmación del reconocimiento por parte del cuerpo cívico hacia el personaje efigiado y muy en particular hacia el clan familar que lo dedica. Los contextos expositivos siempre representan un factor de gran relevancia. Con suponer un mayor honor, el emplazamiento en el interior de la naos de un templo restaba visibilidad pública a los retratos privados (Sporn 2014), que en los santuarios  por lo común son objeto de una instalación externa, lo que comporta algún tipo de proteccion de los monumentos, en particular de las estatuas en mármol, dotadas de una indisociable y frágil policromía.

Se ignora la apariencia del retrato de la longeva sacerdotisa ateniense Lisímaca, conocido a través de la basa inscrita hallada cerca del Erecteo y datada h. 380-360 a.C. Celebraba la prolongada dedicación continuada del personaje al culto de Atenea Polías, el cargo sacerdotal más importante de la Acrópolis y de toda la ciudad. Realizada en mármol pentélico y datada  hacia 380-360 a.C.,  la basa sustentaba la imagen de uno de los retratos femeninos más célebres de la centuria, ejecutado en bronce y con carácter póstumo. Aparte de la consignación epigráfica, existe constancia literaria del personaje y del retrato. Plinio confirma la autoría del escultor ático Demetrio cuyo nombre aparecía en la inscripción algo incompleta de la basa, con plena seguridad Demetrio de Alopece, del que se conservan en Atenas seis basas firmadas, varias de ellas correspondientes a retratos (Keesling 210). Pero en Plinio queda también constancia de la celebridad histórica de la anciana oficiante, unida a la longevidad y al prolongadísimo ejercicio de la función pública sacerdotal durante más de sesenta años. Un cargo que podía ser temporal, duradero o incluso permanente y que era perfectamente compatible con el matrimonio y la maternidad (Goff 2004). Por su parte Plutarco, a través de una sentencia puesta en boca de la sacerdotisa, sugiere en la figura de Lisímaca una estricta y escrupulosa guardiana de los preceptos del ritual tradicional (Plu. Mor. 534 B-C.). La anciana pertenecía al aristocrático y muy influyente génos de los Eteoboutades,  una auténtica famila sacerdotal que proveyó durante generaciones al santuario de sacerdotes de Posidón y sacerdotisas de Atenea y  que  ejerció una suerte de apropiación ritual y de tutela grupal sobre lo sagrado. Los dos cargos sacerdotales más relevantes de la Acrópolis se adjudicaban mediante sorteo entre iguales.

                De haber llegado al presente la imagen de la anciana Lysimaca (o bien el de su acólita) se despejaría la incógnita sobre si en las estatuas de sacerdotisas el idealismo y la edad genérica que caracterizan los ejemplares conservados pudieron convivir con representaciones de rasgos más particularizados, más propiamente retratísticos. Es probable que la fama de la estatua obedeciera precisamente a la excepcionalidad en la caracterización fisonómica individual de la efigie como mujer de gran longevidad. En el retrato incluso tal vez no faltaría el color blanquecino o grisáceo en el cabello (polios) - obtenido mediante aleación rica en estaño -  que en este contexto sacerdotal reforzaría en la imagen un estatus paricularmente venerable. Según informa Quintiliano, Demetrio de Alopece, autor del retrato de la anciana, adoptaba un estilo realista que procuraba la similitud extrema (Quint.12.10.9). Algunos escultores de aquel tiempo dominaban el retrato propiamente fisonómico, comenzando por el célebre eikón oficial del estratego Conón decretado por la polis en el ágora de Atenas, donde en trancurso del tardoclasicimo y el Primer Helenismo proliferan los retratos públicos masculinos. Pero el hecho es que los rasgos genéricos que muestran los semblantes de sacerdotisas conservados obedecen a un código de convenciones que restringe y estereotipa las variantes fisonómicas. 



 

 

Fig.2.Versión romana de una cabeza de tamaño próximo al natural posiblemente correspondiente al retrato de una anciana sacerdotisa de seundo cuarto del s. IV a. C. British Museum, Londres.

Con ser muy sugerente, la propuesta de identificación del retrato de Lysimaca con la versión romana en mármol de un original en bronce de una cabeza de sacerdotisa anciana (Museo Británico, Londres) pieza de extremado realismo fisonómico con el cabello ceñido por un strophion y cuyo original pudiera remontarse a comienzos del s. IV a. C., carece de gran consistencia, si bien posee un interesante valor orientativo. La cabeza de otra posible sacerdotisa de rasgos duros y pronunciadas arrugas del Museo Nacional de Atenas que también porta strophion debe corresponder al s. III a. C. (Von den Hoff  2008). De otra parte, como regla muy general que no excluye importantes excepciones (incluso en el ámbito del retrato regio), durante el periodo helenístico y en contraste con la vejez de muchos efigiados, la presentación de la decrepitud femenina se ubica en un ámbito figurativo marginal, sea cómico o humilde, pecibida como pintoresca.

Lo más habitual en estos retratos sacerdotales es la dedicatoria por parte de los próximos masculinos, que actúan como comitentes consanguíneos (padre, hermano, hijo), si bien algunos ejemplares retratísticos de sacerdotisas fueron decretados por el démos o la boulé como monumentos honoríficos oficiales, aunque se trata de una práctica propia del Helenismo avanzado y tardío. Por lo general la inscripción indica y pone muy en valor la filiación familiar, pero en el retrato de Lisímaca, cuya inscripción no explicita la naturaleza de la ofrenda, se mantiene la incógnita sobre su carácter dedicación familiar o pública. No hay que olvidar que las sacerdotisas fueron precisamente el primer grupo cívico de mujeres en obtener honores oficiales en las ciudades griegas. 

               Como se ha indicado, varios retatos sacerdotales femeninos se consignan en la Acrópolis de Atenas durante el Clasicismo Tardío y el Primer Helenismo, siendo el de Lysimaca uno de los más antiguos. Tales dedicaciones corresponden a mujeres de γένη aristoctáticos, pertenecientes a grupos familiares de gran fortuna y abolengo que frente a la ocupación macedionia de la ciudad, que no habría de concluir hasta 287 a.C., reafirman su identidad política mediante la profunda adhesión a los valores religiosos tradicionales de la polis. Estos últimos siempre tuvieron su gran referente identitario en la colina sagrada, ahora converida en locus de presentación competitiva del presigio aristocrático asociado a los diversos oficios de culto (Van den Hoff 2003). Particularmente  en la era del eteobutada Licurgo (338-324 a.C.) gran promotor de la arquitectura y de la  estatuaria pública, la Acrópolis experimentó una importante intervención reorganizadora, concerniente tanto a la dedicación de nuevos retatos (en número, los masculinos superanban con creces a los femeninos) así como a la reubicación en el santuario de piezas escultóricas preexistentes. 

El retrato de Aristonoe

            Por el estado de conservación y la documentación arqueológica y epigráfica, comparativamente excepcional, el retrato de la sacedotisa Aristonoe (fig. 3) hallado en los restos del templo menor del satuario de Némesis en Ramnunte (demo costero en la periferia NE del Ática de particular valor estratégico) posee una especial relevancia dentro de la producción de este tipo de monumentos femeninos que obedecen a una tipología variada, dentro de la cual figura el que Sh. Dillon denomina el "Rhamnous Aristonoe format" (el  esquema Aristonoe de  C. Eule) y del que la estatua viene a ser referente y cabeza de serie (Dillon 2007, 2010, 2014). Preserva lo esencial de los elementos constitutivos de todo retrato clásico o helenístico: la cabeza, la mayor parte del cuerpo y la basa inscrita. Las proporciones esbeltas de la figura y la disposición del manto ceñido al cuerpo y con pronunciados y voluminosos pliegues oblicuos, dispuestos en diagonal  a la altura del pecho, y ceñido a la pierna doblada en reposo, actualizan recursos formales propios de los relieves funerarios tardoáticos de fines del Clasicismo y de muy comienzos del Helenismo (Fig.4). Ancladas en un modelo de belleza ideal e inexpresiva, en contraste con el retrato masculino la diferencia de edad en los rasgos fisonómicos de las sacerdotisas no constituye un factor radicalmente pronunciado: jóvenes o maduras, pero ni ancianas (con la muy probable excepción de Lisímaca) ni juveniles en exceso. Indepedientemente de su tradicional relevancia ritual, los  mencionados retratos infantiles de arréforas son de otra naturaleza, obedecen a cargos religiosos sin responsbilidades de gestión y supervisión. No se trata de representaciones sacerdotales.


Fig.3 . Retrato votivo de tamaño natural de Aristonoe, sacerdotisa de Némesis en Ramnonte (Ática), de donde procede la escultura. Uno de los retratos femeninos mejor documentados de todo el periodo henenístico. Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Foto ARTH.



Fig. 4. Altorrelieve funerario muy monumental  (1,81 m. de altura) en marmol pentélico procedente de Ramnunte, hallado en un recinto funerario próximo al muro de contención del santuario de Némesis,  con la representación de Hierón y Lisippe. Formaba parte de un gran períbolo (entre los conocidos,el mayor de todo el Ática) que mostraba una agrupación de semata de diversa tipología (naiskoi, estelas, vasos tallados) perteneciente a miembros de una misma familia, la de Hierocles de Ramnunte, padre de Hierón (Bergemann 1997). Los monumentos se disponían sobre un elevado zócalo continuo bien aparejado (Hildebrandt 2006). De la gran estela no se conserva la mayor parte del encuadre arquitectónico, La composición dual,
 despejada y simétrica, muestra las figuras en pie de Hieron y Lisippe, seguramente hija también del prolífico Hierocles, Si bien la figura de Hieron no es la propia de un anciano, la diferencia de edad entre ambos personajes es notable, con lo que se trataría de una hermana menor. El gesto clásico de la dexiosis, el apretón de la mano derecha en señal de saludo, usado tanto en contextos funeraros como en no funerarios y que necesariamente no entraña una señal de despedida (Davies 1985), subraya los lazos familiares que unen a los representados, al igual que las miradas convergentes de las cabezas ladeadas estrablece estrechos vínculos comunicativos entre ambos personajes.

 La inscripción de la base solo nombra a Hieron, la figura del difunto a quien se dedicó el monumento, pero sobre los restos del arquitabe un segundo epígrafe lo menciona como Hierón hijo de Hierocles de Ramnunte junto a Lysipé cuyo nombre fue añadido con posterioridad, seguramente tras su fallecimiento y sin alterar por ello la efigie. El análisis epigráfico de N. Himmelmann posee una particular relevancia en el reconocimiento de los personajes (Himmelmann 1998), junto con el estudio más reciente de F. Hildebrant, que con particular atención onomástica ahonda en el estudio de otros materiales epigráficos del mismo recinto, utilzado durante generaciones (Hildebrandt 2006).

Lisipé se presenta con expresión serena y concentrada, volcada  hacia la figura masculina, cuya postura, con las piernas cruzadas, se muestra más distendida. El personaje femenino parece encarnar un arquetipo ideal de belleza y juventud, de escasa expesividad. Si bien el rostro reflexivo del difunto cuya mirada a su vez se dirige hacia el de la mujer, con los dedos de la mano izquierda rozando la barba pudiera mostrar cierta aflicción (Rolley 1999), en todo caso contenida, no tiene porqué obedecer a un gesto emotivo, más bien a una gestualidad masculina convencional y formularia, propia del que ejercita la palabra y presente en otros retratos funerarios de hombres de cierta edad (Bergemann 1997). Da la sensación de que en términos generales la estricta distinción, la separación entre vivos y muertos no representó el objetivo primario de las representaciones funerarias, ni en las binarias ni en las propiamente grupales. 

Parte integrante de un recinto funerario familar y genealógico, el  gran altorrelieve no trata de comunicar emociones individuales, sino estatus y pertenencia a un mismo grupo consanguíneo arraigado en el demo de Ramnunte durante generaciones. La función mediadora de la tumba entre el oikos y la polis en bien conocida y la dimensión pública se halla muy presente en los costosos monumentos fuerarios áticos del último tercio del siglo IV a.C, erigidos por iniciativa privada, tanto por parte de ciudadanos de élite como de metecos con fortina. Esto últimos procuran asimilarse a la comunidad adoptando un lenguaje funerario ostentosamente cívico, sin por ello renunciar a referencias foráneas y cosmopolitas. 

La propia ubicación espacial del monumento funerario de Hierocles comporta un elevado y llamativo grado exposición y atracción visual hacia cuantos transitaban por un camino frecuentado. Junto con la visibilidad pública, la representación modélica de las imágenes, que vienen a encarnar una ejemplaridad cívica, abiertamente diferenciada bajo la perspectiva de género, adoptan una dimensión pública e interactiva, siempre central en la ciudad griega, donde la estricta distinción entre público y privado, tal como se entiende en el mundo contemporáneo, posee también limitado valor operativo. 

De forma muy explícita, la efigie femenina, que en las estelas funerarias rara vez presenta un grado de individualización similar al masculino, prefigura la estatua de Aristonoe con la que comparte el carácter de dedicación familiar y local en un demo periférico de la polis. La similitud entre ambas figuras llama poderosamente la atención, desde el contraposto a la disposición del ropaje o al tratamiento; los cabellos de Lysipé van ceñidos por strophion, seguramente alusivo al ejercicio de un cargo sacrdotal. Las imágenes reproducidas en las estelas funerarias áticas de la segunda mitad del siglo IV a. C., cuya producción en principio cesa con el decreto antisuntuario de  Demetrio de Falero, promulgado seguramente en 317 a.C. comoprobable concesión a los sectores democráticos de la polis, muestran a menudo  convergencias de estilo, actitudes y expresiones con los retratos tridimensionales, como ya se ha señalado en otra entrada a propósito de la célebre efigie de Platón y las imágenes funerarias del buen ciudadano. Que el relieve y la estatua de la sacerdotisa se hubieran ejecutado con más de un siglo de diferencia, obedece a la pronunciada tendencia conservadora de la plástica ática durante el Primer Helenismo. Pero también a una persistencia de determinadas tradiciones muy locales. No se puede descartar alguna relación de parentesco de  la familia de Aristonoe con el oikos de Hierocles, de modo que la efigie funeraria de la posible antepasada pudo servir de referente icónico de la estatua.El altorrelieve funerario debe datarse en el  ltimo cuarto del s. IV a.C., tal vez incluso en el transcurso de la última década, todo depende del alcance  que pudo tener el decreto de Demetrio de Falero  (Hildebrandt 2006, Geominy 2014). Museo Arqueológico Nacional de Atenas.


       Destinada a conservar la memoria de la efigiada (una memoria consanguínea), la inscripción dedicatoria permite identificar explícitamente a la retratada como sacerdotisa (ἱέρειᾰ).  Pero el microtexto no recoge cualidades personales de Aristonoe, aparte de su condición de hija y madre ya madura. De hecho fue su hijo Hierocles, cuyo nombre va en nominativo, quien erigió el monumento, dedicado a Temis y Némesis; que el nombre del esposo no figure como dedicante tal vez obedezca a su previo fallecimiento. Aunque esta omisión es bastante común en las inscripciones de retratos femeninos: excluido el esquema de transmisión patrilineal, en el personaje representado se silencia el nombre del marido, como en otras inscripciones correspondientes a retratos de sacerdotisas de Atenea Polias en la Acrópolis de Atenas (Bielman 2001). Mucho más que en la personalidad de la efigiada, cuyas cualidades y aspectos prospográficos se hallan ausentes, la inscripción  pone el acento en los lazos familiares, anclados en el demo de Ramnunte. En los retratos helenísticos las matronas no siempre se presentan veladas (Dillon 2007) y por tanto no debe sorprender que la sacerdotisa, aun entrada en años, aparezca con la cabeza descubierta. 

La estatua hoy carece de  atributos distintivos, si bien originariamente portaba una phiale en la mano derecha; en la izquierda, pequeños incensarios. La ejecución de una libación y la ofrenda de incienso la ubica de forma explícita en el ámbito de lo sagrado, en esta ocasíon en un contexto cultual muy específico. Sin llegar a ser imagen híbrida de mujer y diosa ni propiamente un "retrato a lo divino", conforme a  la  feliz expresión acuñada por Emilio Orozco Díaz (Orozco Díaz 1947,1969) a propósito del retrato femenino en la pintura española y portuguesa de estilo manierista y barroco (Vincent-Cassy 2020). El "retrato a lo divino" en cambio no es en modo alguno ajeno a las efigies de reinas sincretizadas con diosas (Afrodita, Isis, Hera), fenómeno estudiado con particular sutileza por Paolo Moreno (1994, 2009). 

La posición de los brazos de Aristonoe, separados del tronco y expendidos hacia el frente no difiere mucho del ya mencionado ágalma de Temis, en su día portadora del mismo atributo y hallada en la naos del templo menor del santuario. Tampoco de la muy anterior imagen de culto de Némesis, una estatua colosal de la diosa de la justicia retributiva ejecutada en mármol pario por Agorácrito de Paros, discípulo de Fidias, hacia 430 a. C. para el templo mayor del santuario, del cual era oficiante Aristonoe. Como la Temis de Queréstrato (Fig.5) también llevaba en su mano derecha una phiale, difiriendo en cambio en la posición del brazo izquierdo, en cuya mano portaba un atributo mucho más específico: la rama de manzano. Para aquellos que percibían el retrato de Aristonoe no debía pasarles desapercibido este vínculo asociativo y derivativo de la efigie con relación a las estatuas de diosas, vínculo que entrañaba un grado de similitud totalmente legítimo y adecuado en tanto que oficiante de Némesis, divinidad mayor de un santuario especialmente promovido por la élite local.




Fig. 5. Estatua en mármol pentélico de la diosa Temis procedente del santuario de Némesis en Ramnunte. y coforme a la inscripción obra del escultor local Queréstrato (Ridgway 2001). Datada hacia el 300 a. C., porta chiton e himation dispuestos conforme a una tradición clasicista  (ya vista en el muy posterior retrato de Megiste) y obedece a una composición abierta. Si bien el tratamiento del ropaje es bien distinto, el perfil de la cabeza y el peinado traen a la memoria el altorrelieve funerario de Lisipé (Borbein 1970). De considerable monumentalidad (alcanza una altura de 2,20 m), y dedicada por un particular, tal vez pudo haber sido utilizada como estatua de culto (al menos eventualmente) en un santuario donde Temis se veneraba asociada a Némesis, diosa mayor del recinto sagrado. Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Fotos F. Marín

A diferencia del "formato" de las Herculanesas y del prototipo canónico de pudicitia, la disposición de los brazos en la estatua de Aristonoe abre notablemente la composición, extiende la imagen hacia el espacio circundante y la vitaliza (Connely 2007), al tiempo que pone en valor los atributos. Como la mayor parte de los retratos femeninos helenísticos, se ejecutó en varias piezas de mármol ensambladas. La cabeza, trabajada aparte del tronco, muestra rasgos idealizados, labios ligeramente entreabiertos y peinado de ondas simétricas que forman un característico triángulo sobre el centro de la frente. En el cuello esbelto se observa un doble anillo de Venus, presente en muchos otros retratos femeninos del Helenismo cuyas cabezas traen a menudo a la memoria las Afroditas praxitélicas, tópos del ideal de belleza de aquel tiempo. 


Fig. 6. Perfil del cuello y la cabeza del retrato de Aristonoe. En este sector, se aprecia la ligera inclinación hacia adelante que muestran muchas vesiones de Afrodita Cnidia, escasamente apreciable en la visión frontal del eikón. Sobre las ondas que encuadran el rostro parece vislumbrarse un strophion, la  banda honorífica usada por las sacerdotisas. En cuanto a los ojos, como es habitual en las estatuas marmóreas, no se reproduce el iris y la pupila. Estos últimos probablemente se ejecutaron mediante la pintura, que originariamente en las efigies en material pétreo representó mucho más que un mero añadido. Debido a su pérdida, las imágenes hoy carecen de la expresividad que aporta la mirada, elemento clave e incluso estructurador de todo retrato mimético. Foto F. Marín.



Fig, 7 Afrodita Kaufmann. Museo del Louvre, París


Cabe insistir en que esta similitud genérica de rasgos faciales y peinados propiamente no obedece a una asimilación de carácter sincrético. Responde a una intención más metafórica que mimética que procura añadir belleza y joven madurez a la efigiada Aristonoe en detrimento de rasgos fisonómicos propios y singulares. La convención  estereotipa el πρόσωπον, precisamente la parte más visible del retrato, puesto que el cuerpo se muestra más o menos cubierto, oculto por el ropaje (Frontisi-Ducroix 1995). En cierto modo, el añadir belleza al parecido, que con fundamento eticista según Arsitóteles caracterizaba a los buenos retratistas (Arist, Po.1448b 4-19), tiende a convertir el retrato femenino en arquetipo y máscara, eludiendo los particularismos individuales en la parte más expresiva y distintiva del retrato.

De contraposto inverso, movilidad más compleja así como plegado más plástico y sintético que la estatua de Temis, si bien la cronología del retrato de Aristonoe ha sido debatida en base los caracteres de la inscripción - del mismo modo que las estatuas se desgajan de sus soportes originarios, se desplazan y reutilizan (Shear 2007) las basas pueden reinscribirse y rededicarse (Keesling 2014, 2017) -, debe situarse entre la segunda mitad del siglo III . y la primera del II a.C. 

El tipo escultórico Aristonoe de Ramnunte no gozó del éxito y la difusión de otros formatos de retrato femenino, pero muchos sus caracteres están presentes en otros retratos de sacerdotisas helenísticas. Así, la escultura acéfala de la sacerdotisa Nikeso hallado la entrada del santuario de Demeter en Priene (Antikenmuseen, Berlín), emplazada sobre un elevado pedestal moldurado y generalmente fechado en el s.III a.C. (a juzgar por el tratamiento de la indumentaria la imagen tal vez sea posterior) guarda parentesco tipólogico con el retrato de Aristonoe (Dillon 2010), pero con distinciones estilísticas propias de una variante que lo alejan por completo de una reproducción. 

El formato contó también con réplicas romanas que mantienen caracteres distintivos del referente del Primer Helenismo al tiempo que lo modifican. La opción derivativa comporta adaptación. A título de ejemplo, la imagen de la sacerdotisa Claudia Siteris del Artemisio de Messene (asociado al Asclepeio), que como otros retratos hallados en el oikos de Ártemis portaba en la mano izquierda extendida una caja cilíndrica de incienso, mostrando también un nudo singular en el manto (Themelis 1994, 2019, Connelly 2007). El retrato interpreta el prototipo, del que conserva lo esencial de los caracteres tipológicos, si bien invirtiendo el contraposto de la estatua de de Aristonoe. No representa pues una mera reproducción o, si se prefiere, un duplicado. Se trata de variaciones significativas dentro de un contexto cultual específico que comportan transmisión y adhesión cultural al pasado (J. Fejfer 2015).


 

 Fig.8. Retrato romano en mármol de Claudia Siteris, sacerdotisa de Ärtemis Orthia procedente del Oikos- Artemisio de Messene. S. II d. C. Museo Arqueológico de la Antigua Messene (Mesenia, Grecia). Foto F. Marín.